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La vieja bruja sádica y su esclavo inepto masoquista

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scatgummi

En un rincón olvidado del mapa, donde los mapas se desgastan y las brújulas se vuelven locas, se alza un pueblo que el tiempo ha dejado atrás: Roca Negra. No es un nombre elegido al azar. El pueblo se asienta en el corazón de un valle encerrado por montañas gigantescas, cuyas paredes verticales, oscuras como la noche sin luna, se elevan hacia el cielo como si fueran los dientes de un titán petrificado. Son rocas negras, no por sombras ni por musgo, sino por su esencia: piedra volcánica, antigua, inmutable, fría al tacto y más oscura que el alma de un hombre culpable. De ahí el nombre: Roca Negra . Y con él, la leyenda que persigue al poblado:
Hace siglos —cuando los caminos eran senderos de tierra y las brujas no eran cuentos para asustar a los niños, sino realidades que acechaban en los bosques—, este pueblo fue gobernado por una familia de hechiceras. Mujeres de mirada afilada, voz susurrante y manos que tejían hechizos con hilos de luna y sangre de pájaro. Dominaban los vientos, curaban las enfermedades… y castigaban a quienes osaban desafiarlas. Pero como todo lo que nació de la magia, también murió. Una a una, desaparecieron. Algunas dicen que fueron quemadas. Otros, que se convirtieron en niebla y se esfumaron con el amanecer. Pero la leyenda no murió. Permaneció. Y hoy, en cada esquina, en cada murmullo, en cada mirada evasiva, se repite: “Las brujas aún están aquí… y una de ellas vive entre nosotros”. Esa bruja... es Helga Pain .
Es conocida como la Bruja Helga ...


... Pain , aunque casi nadie se atreve a decir su nombre completo. La mayoría la llama simplemente: “La Bruja” . No es un título de respeto. Es un escupitajo. Un susurro de miedo. Un nombre que se dice con los dientes apretados, mientras se cruzan de lado de la calle para evitarla. Porque Helga Pain no es una anciana dulce que te da galletas en Navidad. Es una mujer de rostro tallado por el tiempo y el desprecio, de voz como el crujir de huesos secos, de mirada que atraviesa el alma y te deja desnudo. Es despótica. Huraña. De carácter de acero y lengua de cuchillo. Nada le agrada. Nada la satisface. Y si algo no le gusta —y casi todo lo que ve no le gusta—, lo recrimina. Con furia. Con gritos. Con miradas que cortan. En el mercado, los tenderos bajan la vista cuando ella entra. En la iglesia, los fieles rezan para que no se cruce en su camino. En la calle, si alguien la ve acercarse, se aparta como si fuera una plaga. Nadie quiere cruzarse con ella. Nadie quiere saber nada de ella. Y si alguien lo hace… lo lamenta.
La odian. La temen. La evitan. Pero hay una persona… solo una… que no la odia. Ese soy yo. Soy su vecino. Vivo justo enfrente. Mi ventana mira directamente a su casa —una mansión antigua, con muros de piedra negra, ventanas como ojos ciegos y un jardín que parece un cementerio de rosas rojas. Y desde mi ventana, desde el amanecer hasta la medianoche, la observo. Soy su admirador. Sí. Admiro a la Bruja Helga Pain. No sé por qué. No lo entiendo. Quizás sea su postura ...


... erguida, como si llevara una corona invisible. Quizás su forma de caminar, lenta y majestuosa, como si el suelo se arrodillara ante ella. O tal vez su voz, cuando grita, que suena como un himno de poder. Es terrible. Es cruel. Es insoportable… y a mí me excita con locura . Me fascina aquella bruja . Me hipnotiza. Me consume.
Nadie lo sabe. Nadie en este pueblo conoce mi secreto. En este mundo, no lo entenderían… y me repudiarían también. No lo comprenderían. ¿Cómo podrían? ¿Cómo entenderían que un joven, con sangre caliente y corazón latiente, se desviva por una mujer vieja, con arrugas que parecen grietas de un templo maldito, que me duplica —o triplica— en edad, y que podría ser mi abuela? ¿Cómo explicarles que, mientras ellos la evitan, yo la busco con los ojos? Que, mientras ellos huyen, yo me quedo quieto, mirando, anhelando, deseando… aunque ella ni siquiera sabe que existo. Porque no me ha mirado. Nunca. Ni una vez. Para ella, soy aire. Sombra. Nada. Y eso… me enciende más.
¿Queréis conocerla? ¿Quieres saber cómo es la señora Helga Pain? ¿Cómo huele su piel, cómo suena su voz, cómo se mueve su cuerpo bajo sus vestidos negros, cómo se le encienden los ojos cuando se enfurece? Entonces... sigan leyendo. Porque yo… ya no puedo esperar más. Y ella... pronto sabrá que existo. Y cuando lo sepa… nada volverá a ser igual.
Desconozco la edad exacta de la vieja señora Helga Pain. Quizás tenga setenta. Quizás ochenta. Las arrugas en su rostro —profundas, finas, como mapas de ...


... una vida larga y cruel— no revelan su edad, sino su poder. No es una anciana frágil ni encorvada. Es una mujer grande, robusta, voluptuosa: brazos carnosos, piernas gruesas, un vientre redondeado que se asoma con orgullo bajo sus vestidos negros. A mi lado, me doblega en tamaño… y eso, extrañamente, me excita. Su rostro, curtido por el tiempo, está coronado por un pelo negro —posiblemente teñido con el tinte más oscuro que existe—, recogido en un moño tan apretado que parece una corona de hierro. Y siempre, pero siempre ,lleva guantes. Es su sello. Su armadura. Su poder. Apenas la he visto sin ellos. Ni siquiera en su intimidad. En su mansión lleva guantes de goma horribles, de fregar, que le llegan hasta el codo, y que usa incluso cuando cuida su jardín —el jardín más perfecto del pueblo—, arrodillada entre rosas rojas, con delantal, botas de goma, y esa postura que me hace perder la noción del tiempo desde mi ventana.
Cuando sale al pueblo, se viste como una dama de otra era: abrigo de visón, guantes de piel negros o marrones, tacones altos imposibles para su edad… pero que lleva con una elegancia que desafía la gravedad. Todas las mañanas, al salir, le digo “buenos días” con educación. Ella siempre me mira, y luego aparta la vista, como si fuera una mosca molesta. Nunca me devuelve el saludo. Nunca me ve. Hasta aquel día.
Era una mañana como cualquier otra, pero la fachada de su mansión amaneció profanada: un dibujo grotesco de ella, con nariz de bruja, escoba y gato, ...


... pintado en spray. Los niños gritaban “¡bruja! ¡bruja!” desde la esquina, y los jóvenes más atrevidos ya habían lanzado huevos y piedras. Era un acto delictivo que se producía semanalmente debido al odio que infundía en el pueblo. Vi salir a la vieja bruja Helga Pain, malhumorada, con un cubo de agua y jabón, dispuesta a borrar la afrenta. Supe que era mi oportunidad. Me acerqué, con el corazón latiendo como un tambor, y le ofrecí ayuda. Ella señalando sin mirarme, me tendió el cubo, el estropajo y el jabón, y dijo con voz seca, señalándome con su guante:
"Hazlo bien. Deja la fachada limpia. No me gusta la holgazanería". Su tono, su gesto, su guante apuntandome… Me encendió. Ella en lugar de ayudarme, se dedicó a otros menesteres, realizaría yo solo la tarea. Me puse a frotar, sudando, con los brazos doloridos, mientras ella, de rodillas en su jardín, cuidaba sus rosas. Su delantal se había subido un poco, dejando ver sus medias negras con ligueros anclados a sus bragas oscuras, y muslos horribles y flácidos, carnosos, que me hicieron perder el ritmo del fregado. Ella me descubrió mirando.
Ni se te ocurra desviar la mirada de la pared - , dijo, sin alzar la voz, pero con una autoridad que me heló la sangre.
Continúe frotando, pensando en mi mente en cada centímetro de su piel bajo la tela de su delantal, cada línea de su cuerpo. Cuando terminé, no me dio las gracias. Solo me dijo, con su guante apuntando a la calle:
“No quiero volver a verte merodeando por mi casa”. ...


... Y se metió dentro. Yo me fui a mi casa…satisfecho. Porque ahora, por primera vez, ella sabía que existía. Y eso… era el comienzo de todo.
Dos días después, contemplé una escena inédita. A la casa de la vieja Helga Pain, en ocasiones, llegaban hombres vestidos de traje, de noche, con coches que no pertenecían a este pueblo. Se detenían en silencio, bajaban con gesto serio, y se introducían en su mansión como si fueran enviados por algún poder oculto. Pensé que venían por hechizos, por pactos, por rituales ancestrales… estaba completamente equivocado.
Aquella noche, una hora después de que uno de aquellos hombres entrara en la casa de la vieja señora, lo vi salir corriendo —despeinado, con los pantalones subiéndosele, gritando como un loco: “¡Eres una vieja chiflada!” —. Helga Pain, desde el umbral de su puerta, se reía a carcajadas, con una risa grave, sádica, que resonaba en el jardín como un eco de triunfo. No entendí qué había ocurrido dentro. Pero supe, con una certeza que me recorrió la espina dorsal, que no era magia. Era algo más oscuro. Más real. Y más peligroso. Y quería saberlo.
Al día siguiente, cuando la vi salir con su abrigo de visón y sus guantes de piel —elegante, inalcanzable, como una reina que se marcha a una corte lejana—, me colé en su casa. Fue ridículamente fácil. En Roca Negra, nadie cierra con llave. Nadie espera un ladrón. Y yo no era un ladrón… era un obsesionado. Entré por la puerta principal , la misma que ella usa para salir al jardín, y me ...


... quedé paralizado en el salón. La casa no era una mansión cualquiera. Era un santuario de madera oscura, de muebles tallados con manos que ya no existían, de escaleras de roble que parecían sostener el peso del tiempo. Las paredes estaban forradas con paneles de caoba brillante, y en los pasillos, retratos de mujeres antiguas —sus antepasadas, sin duda— me observaban con ojos que parecían seguirme. Eran brujas. No de cuentos. De carne y sangre. Y sus miradas me helaban.
Estaba a punto de marcharme, con el corazón latiendo como un pájaro atrapado, cuando vi las escaleras. No las de arriba, que llevaban al piso superior… sino las de abajo. Las que bajaban al sótano. En mi casa, las escaleras del sótano son oscuras, húmedas, olvidadas. En la suya… eran de madera pulida, con barandillas talladas con motivos de serpientes y cadenas. Y la puerta, al final, estaba abierta. Sin llave. Como una invitación. Como una trampa.
Baje. Cada paso resonaba en el silencio, como si la casa respirara conmigo. Y al llegar abajo… no encontré cajas, ni herramientas, ni vinos viejos. Encontré una cámara de tortura. No era un sótano. Era un templo de dominio.
Me adentré en la cámara de tortura como un intruso en un templo prohibido. Inspeccioné cada rincón: toqué las cadenas frías, oxidadas, que colgaban como serpientes muertas de las paredes de ladrillo descascarillado. Acaricié los barrotes de la jaula pequeña —fríos, duros, con el tacto de una prisión antigua—. Quise abrir el armario de madera ...


... oscura, pero estaba cerrado con un candado de hierro forjado, impenetrable. Me quedé asombrado. No por el miedo —aunque sí lo sentía—, sino por la fascinación. Aquel lugar no era un sótano. Era un santuario de dolor, de orden, de poder. Y yo, como un necio, había cruzado su umbral.
Unos minutos después, escuché su voz tras de mí, desde la entrada del sótano. La vieja bruja Helga Pain. Me había descubierto. Aprendí algo más de las brujas ese día: tenían un sexto sentido. No necesitaban oír, ni ver. Sentían. Sabían cuándo algo no iba bien. Había percibido que alguien había entrado en su casa. Yo… había perturbado su equilibrio.
“¿Qué estás haciendo en mi casa?”, dijo, con voz firme, áspera, como un cuchillo raspando piedra. Me di la vuelta, el corazón latiendo como un tambor de guerra. Intenté hablar, pero las palabras se atascaron en mi garganta. “Intentabas robar en mi casa?” , insistió, y por fin logré tartamudear que solo quería conocer su casa, que no tenía malas intenciones. Ella me recriminó con frialdad:
"Es propiedad privada. La has invadido". Tenía razón. No supe qué responder. Se hizo el silencio. Y entonces, con una voz que era casi un susurro, le dije: “Me gusta mucho tu sótano… ¿para qué sirve? “Ella se río. Una risa baja, sádica, que me erizó la piel.
“Obviamente”, dijo, “para castigar a estúpidos como tú”. Quedé sin palabras. Pero algo en mí se encendió. Me armé de valor —o de locura— y le dije: “Me gustaría ser castigado. Como usted deseara”. Ella volvió a ...


... a caca en mi boca, que me producía náuseas… y aun así, me excitaba. Me excitaba tanto que me masturbaba en la cama, con el culo en llamas, con las lágrimas secas en las mejillas, con el corazón latiendo como un tambor de guerra. No podía dejar de pensar en ella. En la vieja bruja Helga Pain. En su despotismo. En su crueldad. En cada latigazo. En cada segundo de impotencia. En cada gota de su suciedad que me había obligado a tragar. Y lo peor… lo más vergonzoso… era que lo deseaba. Más. Siempre más.
A unos metros de mi casa, ella también estaba despierta.
Se había retirado a su habitación, con el cuerpo aun vibrando de placer. Había sido una experiencia… perfecta. Causarme dolor sin quejarme. Sin escapar. Sin resistir. Como a ella le gustaba. Se tumbó en su cama, con el vestido negro aún puesto, los guantes de goma aún en sus manos —los mismos que me habían atado, que me habían amordazado, que habían estrujado mi carne—, y sin pensarlo, los introducidos en su coño peludo.. Hasta el fondo. Con lentitud. Con fuerza. Con placer. Jadeó. Gimió. Sus dedos, aún manchados de mi sudor, de mi miedo, de su propia mugre, se hundieron en su carne, ...


... mientras recordaba cada latigazo, cada lágrima silenciosa, cada gemido ahogado. Hacía mucho que no sentía una experiencia así. Que no encontraba a alguien tan… dócil. Tan sumiso. Tan dispuesto a ser destruido.
Se dijo a sí misma, con voz audible, entre jadeos:
"Este estúpido tiene que ser mi esclavo. Le castigaré y humillaré a mi antojo... para mi disfrute".
Volvió a introducir su dedo, más profundo, más rápido, mientras su cuerpo se estremecía.
“Voy a destrozar a este gusano”, susurró, con una sonrisa en los labios. “Será mi esclavo… para siempre”.
Y mientras sus dedos, chorreando de fluidos, seguían moviéndose en su coño peludo, supo que aquella noche había marcado un antes y un después. Para ella. Para mí. Para ambos.
Yo, el estúpido. El dispuesto. El que se arrodillaría. El que recibiría todo el dolor y el placer que ella quisiera conveniente. Y ella… la bruja. La dueña. La que lo tenía todo. Y que ya no lo soltaría. Había mucho camino por recorrer.
Pero eso… lo contaré en el siguiente capítulo.
Y os aseguro… que a cualquier masoquista… le encantará
Para cualquier comentario: [email protected]
Continuará en capítulo 2

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