Sometida por tres hombres en sesión BDSM P1
VeropuTa
No podía creer lo que estaba pasando, tres vergas para mí sola y una sesión de BDSM inolvidable.
Me tenían de pie, atada con las manos hacía arriba y con los dedos de mis pies casi tocando el suelo, desnuda.
Javier, el hombre robusto de tez morena y una estatura promedio se relamia los labios mientras se apretaba el pene sobre el pantalón.
Daniel, de unos 45 años, canoso y con algo de músculo, se estaba ponien unos guantes mientras Ernesto, de unos 70 kilos, barba, tez blanca y alto, le acercaba una mesa con unos instrumentos metálicos.
–Eso, mami, los quiero duritos-me decía Daniel mientras me pellizcaba ambos pezones. Cuando estuvieron paraditos y duros me colocó unas pinzas con una cadena que los unía. Comenzó a jalar de la cadena varias veces sintiendo como ambas pinzas se iban recorriendo de a poco, dejando solo la punta del pezón. Era doloroso pero ese dolor me estaba provocando una excitación tremenda.
Javier se acercó a mí, poniendo su boca al rededor de mis pechos, lamiendo y succionando antes de que Daniel colocara de nuevo las pinzas.
No había palabra de seguridad, solo diversión. Era una diversión sexual que llevaba años reprimiendo, que me daba vergüenza pedir hasta que los encontré a ellos. Le había confesado a Daniel lo que veía en vídeos porno de este estilo, que me gustaría ser esas mujeres siendo "humilladas" de una cantidad obscena de formas.
En la mesita había un plug, Daniel lo llevó hacia mi orificio, llenándolo de lubricante para ...
... introducirlo, no lento y despacio, sino de golpe. Pensé que eso iba a doler pero al parecer tantos penes a lo largo de mi vida me habían acostumbrado.
–Ernesto, te concedo el deseo de hacer lo siguiente–dijo Daniel mientras le daba dos pares de varas metálicas de unos 30cm con una punta afilada.
A Ernesto se le pinto una enorme sonrisa, viéndome con lujuria mientras se colocaba los guantes y me limpiaban con alcohol los pechos.
-¿Estás lista?–me preguntó Ernesto y yo asentí con la cabeza mientras ponía ojos de súplica para que lo hiciera.–Bien, aquí voy con el primero.
Colocó la punta de una varilla en mi piel, justo en una de mis tetas y comenzó a clavarla, lento y decisivo. Antes de que la punta saliera vi como mi piel se estiró hasta que salió. Me salió un grito y Daniel me soltó una bofetada que me mareo para después introducir toda su lengua en mi boca y entonces, de la misma manera, Ernesto clavó las otras tres, dos en cada pecho.
Mi entrepierna ya se estaba humedeciendo, lo podía sentir, sentir como mis fluidos empezaban a escurrir.
A los tres ya se les veían bultos dentro del pantalón, me daba la impresión de que estaban dotados. No podía creer como no resistían en sacar sus vergas y ponerme a mamar o empezar a follarme. Primero querían jugar conmigo.
Javier tomó un látigo e inició a golpear mi coño depilado, dejándolo rojo e hinchado mientras yo gemía.
Después de una ronda de golpes me empezó a masturbar, metiendo sus dedos a mi vagina, ...
... escuchando los ruidos que provocaba mi humedad. Cuando sacó sus dedos húmedos se los llevó a su boca.
–Que puta delicia de coño, preciosa. Te vamos a convertir en una puta como tanto deseas.
Sonreí mientras le decía que sí y como acto seguido, con una tablilla me golpeó las tetas.
Sacaron un succionador y lo pusieron en mi coño. Era maravilloso ver cómo mis labios se hinchaban, se veían hermosos.
Cuándo lo retiraron, Ernesto jugó con su lengua dentro de mis labios que eran enormes. Era una sensación satisfactoria sentirlo lamer en todas partes, hasta lo más recóndito, succionando mi clítoris y yo gimiendo de mero placer. Ya no podía más, un enorme chorro salió de mi sobre su cara. Se detuvo y se puso de pie soltando un puñetazo en mi cara, partiendo mi labio.
–Eres una perra, mira como te comportas, ¿Sí te pone caliente esto?–Javier me sostenía la cara con fuerza y me volvió a besar, sabía a mi coño–¿Te gusta, puta? ¿Eh? Dime cuánto te gusta?
–Sí, papi, me gusta mucho. Me encanta ser una puta, me encanta que me golpeen y me traten como a una zorrita en celo.
–Pero mira que cara de putita pone–comentó Daniel mientras se acercaba a mí con una vela encendida.-Vamos a ver si aguantas esto.
Dejó caer la cera en mis enormes pechos, grandes gotas caían sobre ellos, escurriendo hasta quedarse seca. Entonces sin previo aviso, acercó la llama a mi coño, que ando pero no lo suficiente para hacer daño o dejar ampollas. Vaya que se sentía muy, pero muy bien.
Continuará...
