Venganza de sangre II
KatieHill8
Segunda parte gentecita bonita 🥰
El joven Cedric Alistair se despertó con el amanecer, su cuerpo adolescente ya respondiendo al ritual diario. Como cada mañana se asomaba por la gran ventana de su alcoba en dirección al río. Allí abajo, las mujeres del pueblo se bañaban desnudas. Vio a niñas pequeñas correteando, sus sexos lampiños y vulnerables. Adolescentes de pechos hinchados y nalgas redondas que brillaban al sol antes de sumergirse, mostrando por un instante el destello rosado de sus vaginas y anos. Mujeres maduras se lavaban el cabello, arqueando la espalda para ofrecer la pesada plenitud de sus pechos y el vello oscuro y húmedo de sus sexos entre muslos robustos.
Cedric, con un gemido, miró hacia abajo. Su pene, ya completamente erecto y palpitante, se elevaba desde su vello oscuro. Era grueso y recto, con el glande descubierto y brillante de humedad. Con la mano libre, se acarició los testículos, que se tensaban con necesidad. Comenzó a jalarse con movimientos rápidos, imaginando que eran sus manos las que acariciaban aquellos cuerpos, que su boca mordisqueaba aquellos pezones.
Pero hoy, su fantasía tuvo un rostro: Liana, la vendedora de rosas. Imaginó sus pecas, sus senos generosos, el ancho de sus caderas bajo el vestido. Se imaginó enterrándose entre esas piernas, sintiendo el calor húmedo de su virginidad.
Justo cuando el calor en su vientre estallaba, un ruido metálico retumbó abajo.
Se sobresaltó, su semen manchando su vientre y su mano en ...
... seco. Frustrado, se vistió a toda prisa con los calzones holgados, pero en su prisa, su pene, aún semi-erecto y sensible, quedó fuera, colgando sobre el precioso vello de su pubis, con la última gota de su frustración brillando en la punta. Bajó las escaleras, empuñando la espada de su padre con manos temblorosas.
—¿Quién está ahí? —gritó, su voz quebrada.
De las sombras emergieron ellas como lobas hambrientas asechando a su presa. Branwen, la pelirroja, con la Espada de Cuervo en mano, su armadura de cuero ajustada a sus curvas poderosas, sus pechos altos y firmes desafiando el material. Eira, la de cabello plateado, más esbelta, sus pechos pequeños y perfectos visibles bajo el cuero, sus caderas estrechas pero letales abrió las piernas preparadas para pelear. Alistair y su virilidad antes orgullosa empezó a esconderse.
Sin mediar palabra, la pelirroja cargó. Su espada corta silbó en el aire. Alistair, con más suerte que habilidad, logró parar el golpe, el impacto hizo temblar su brazo.
Cedric forcejeó torpemente con Branwen, sintiendo por un instante la fuerza animal de su cuerpo. Pero fue Eira, silenciosa como una sombra, quien lo inmovilizó por detrás, presionando una daga contra su garganta.
—Suelta el arma, cachorro —susurró ella, su aliento frío en su nuca.
Su espada cayó. Branwen se plantó frente a él, sus ojos verdes recorriendo su cuerpo con diversión perversa. Su mirada se detuvo sin pudor en su pene, que colgaba, expuesto y vulnerable, fuera de sus ...
... calzones.
—Parece que te interrumpimos en medio de... tus devociones —dijo Branwen con una voz juguetona y cruel. Con la punta de su Espada de Cuervo, tocó suavemente la punta de su miembro, haciendo que Cedric se estremeciera—. Tan joven y tan... dedicado.
"Mi nombre es Branwen (Cuervo Blanco)," dijo la pelirroja, su voz un eco dulce. "Y esta es mi hermana, Eira (Nieve). No vinimos por tu oro ni por tus tierras, Vinimos… por un poco más..."
Alistair trató de hablar, pero la presión de la daga en su garganta se lo impidió.
"Tu padre," continuó Branwen, escupiendo la palabra como si fuera veneno, "Lord Alistair el Viejo, masacró a nuestra familia. Mató a nuestros padres y a nuestros hermanos. Pero no fue suficiente para ese malnacido." Sus ojos se empañaron con un dolor feroz. "Violó a nuestras primas y Capturó a nuestro hermano pequeño que se intentaba esconder, Cillian. Solo tenía seis veranos."
Eira, a sus espaldas, apretó la daga un poco más, y Alistair sintió un hilo de calor: una gota de sangre corriendo por su cuello.
"Tu padre se burló de él y le bajo los pantalones," Branwen dijo, y su voz tembló de rabia contenida. "Lo sostuvo ante nosotras, que estábamos obligadas a ver, y le arrancó sus testículos y pene con un cuchillo ardiente. Lo hizo para que no hubiera descendencia, para que nuestro nombre muriera con él, y para robar nuestras tierras con la excusa de que no quedaba un varón para heredarlas."
Mientras hablaba, Branwen se agachó ...
... lentamente frente a Alistair. Sus movimientos no eran bruscos, sino peligrosamente sensuales y delicados. Sus ojos no se apartaban de los de él, desafiándolo con sus cejas pobladas, mientras sus manos, con dedos fríos, desataron los cordones de sus calzones. La tela holgada cedió.
"Tuvimos que aprender a curar a mi hermanito…," susurró, y su mano se deslizó con una intimidad fría entre sus piernas, buscando y encontrando el saco de sus testículos. Alistair contuvo el aliento, paralizado por el terror y la violación del contacto. "Escuchamos los gritos de Cillian durante días. El dolor, la fiebre... Lo que quedó de él nunca sanó del todo. Hoy, vive como una mujer, porque tu padre le robó lo que lo hacía hombre."
Sus dedos cerraron suavemente, pero con firmeza, alrededor de sus testículos, sosteniéndolos en la palma de su mano. Alistair gimió, sintiéndose increíblemente expuesto.
"Tu padre murió en su cama, viejo y lleno de riquezas, mientras sus sirvientas le mamaban su verga arrugada y escapó de nuestra justicia," dijo la guerrera, y su voz gélida cortó el aire como la daga de su hermana. "Pero tú… tu estás aquí y eres su hijo y vaya que buen par de huevos tienes..."
Con un movimiento rápido, Branwen sacó su propia daga. Sin pestañear, la colocó justo debajo del escroto que sostenía, la punta presionando la piel sensible y débil.
"Es una lástima," dijo, clavando su mirada azul en los ojos aterrorizados de Alistair, "hubiera matado por castrar en persona a tu asqueroso ...
... padre, pero bueno… tendremos que conformarnos con el cachorrillo..."
Las mujeres forcejearon con él, riendo como niñas en un juego, sus manos recorriendo su cuerpo no para sujetarlo, sino para pellizcar y arañar. Cuando le quitaron el puñal del pecho, Alistair, con un grito de pánico, logró zafarse y corrió hacia el dormitorio principal. Afuera, risas etéreas y pasos saltarines resonaban en el pasillo.
—¡Calor, calor, caliente! —canturreó Branwen, su voz un canto juguetón—. ¡Sus huevitos de pascua deben estar muy sudaditos!
—¡Yo los quiero encontrar primero! —gritó Eira con falsa inocencia—. ¡Prometo no apretarlos demasiado... fuerte!
Otras risas se unieron, un coro de hadas malvadas. Alistair, cegado por el terror, se lanzó hacia el espacio bajo la gran cama de madera. Forzó su cuerpo, pero sus caderas eran demasiado anchas. Quedó atrapado, su torso oculto pero su trasero y sus partes íntimas completamente expuestos, sus testículos colgando tímidamente entre sus muslos.
La puerta se abrió de par en par.
—¡Oh, mira! —exclamó Eira, saltando hacia él con gracia felina—. ¡Encontré el premio gordo!
Sus pasos fueron leves y rápidos. Alistair gritó y forcejeó, patéticamente atrapado.
—¡No! ¡Por favor! —suplicó, su voz quebrada.
—Shhh, tranquilo, precioso —murmuró Eira, arrodillándose detrás de él—. Tenemos un regalo para ti...
De repente, con una sonrisa pícara, Eira se abrió el cuero que cubría su torso, dejando al descubierto sus pequeños pechos ...
... firmes, con pezones rosados y erectos.
—¿Ves? —dijo, balanceándose ligeramente—. Son para ti... si puedes agarrarlos.
Mientras Alistair miraba, paralizado entre el miedo y la confusión, Eira no resistió la tentación.
¡PLACK!!!!
Su pie descalzo, rápido como una víbora, se estrelló con fuerza precisa contra sus testículos, aplastándolos contra su propio ano.
—¡AAAAAAHHHHHH, NOOO! —aulló Alistair, con lágrimas brotando de sus ojos.
—¡Uy, lo siento, bebé! —dijo Eira con una voz de niña traviesa, frotando su pie sobre su escroto ahora dolorido como si estuviera jugando con una pelota—. Es que desde este ángulo se ven tan... juguetones.
Pero el juego apenas comenzaba. De la nada, una mano fuerte y fría —la de Branwen— se cerró como una trampa de acero alrededor de sus testículos, apretando con una fuerza que hizo que Alistair viera estrellas.
—¡¡SUELTA, POR FAVOR, TE LO SUPLICO!! —gritó, con hipo entre los sollozos.
—Silencio —ordenó Branwen, tirando de él lentamente como si fuera un pesado saco—. La piñata está por romperse, y queremos todos los dulces.
Entre tirones y sus gritos entrecortados, lo fueron extrayendo de su escondite. Branwen no soltaba su preciada presa, riendo a carcajadas.
—¡Le diste en el blanco, hermana! —gritó Branwen, dando una palmada juguetona a las nalgas de Alistair con su mano libre—. ¡Pensé que los habría escondido mejor! ¡Pero ahí estaban, colgando como dos manzanas maduras!
Eira saltaba a su alrededor como una niña en un ...
... campo de flores. —¡Son mis huevitos de pascua favoritos! —canturreaba, pellizcándole los muslos—. ¡Vamos, saqueémoslo de aquí!
Allá afuera, el espectáculo estaba listo. Morag, Rhiannon, Sorcha, Bevyn y Elara —las cinco guerreras— ya habían terminado su trabajo. Los cuerpos de los guardias de Alistair yacían esparcidos, desangrándose sobre la tierra, sus gargantas abiertas o sus entrepiernas convertidas en un revoltijo sangriento. Las chicas, semi-desnudas y llenas de sangre que resaltaba sobre su piel sudorosa, reían como hyenas ebrias. Morag, con sus pechos pequeños y firmes manchados de rojo, se frotaba descaradamente los pezones endurecidos sobre el brazo sin vida de un guardia, riendo. Rhiannon, la de las curvas más generosas, se había sentado a sobre la cara del cadáver de otro, frotando su sexo húmedo contra la nariz del muerto con movimientos obscenos, jadeando de placer.
—¡Mirad lo que tenemos! —gritó Sorcha, ágil y letal, señalando mientras Branwen y Eira arrastraban a un Alistair gimiendo de los huevos.
Lo ataron sin piedad a los dos postes que él mismo usaba para desollar ciervos. El pobre idiota ni siquiera se resistió, sus ojos vidriosos aún con una esperanza estúpida de piedad. Le amarraron las muñecas y los tobillos, extendiéndolo como un cordero para el sacrificio. La multitud del pueblo, antes temerosa, ahora se congregaba con una curiosidad morbosa y excitada.
Branwen se irguió, su cuerpo esbelto y mortal brillando con sudor y sangre ajena. Su ...
... voz cortó el aire como un latigazo.
—¡Oídme, todos! ¡Y especialmente vosotras, putas del río! —gritó, señalando con desprecio a las mujeres que observaban con los pechos al aire y las bocas abiertas—. ¡Mirad bien lo que le pasa a quien se cree dueño de nuestras tierras!
Con un movimiento brusco, su mano se hundió en la cintura de los calzones de Alistair. Sus dedos encontraron los cordones y los desató con un tirón experto. La tela cayó hasta sus tobillos, dejando al descubierto sus muslos temblorosos y su virilidad ahora patéticamente encogida por el miedo. La multitud contuvo el aliento.
—¡La sangre llama a sangre, y hoy pagará con su orgullo! —rugió Branwen, mientras Eira se pegaba a su espalda.
Eira se fundió contra él, su cuerpo delgado y fuerte moldeándose a su espalda. Alistair podía sentir la dureza de sus pequeños pechos desnudos, presionándole los omóplatos, y el calor húmedo de su sexo, que ella frotaba contra sus nalgas con movimientos circulares. Una de sus manos se deslizó por su abdomen sudoroso hasta agarrar con crudeza su pubis, los dedos enterrándose en su vello oscuro. La otra mano le tiró del pelo, exponiendo su cuello.
—Huele a miedo —murmuró Eira contra su oreja, mordiendo el lóbulo—. Huele a verga inútil.
Pero Branwen era la estrella del show. Se arrodilló frente a él con las piernas abiertas, mostrando sin pudor cómo el cuero se le ajustaba al sexo. Con movimientos teatrales y burlones, calentó su daga en una antorcha hasta que la punta ...
