La tercera vez… vestida de ella
Alfaro
No era la primera vez que lo hacía. Ni siquiera la segunda. Pero aquella noche, algo en mí se sentía distinto. No había prisa, no había miedo… y al mirarme al espejo, no vi a alguien disfrazado. Vi a la mujer que siempre había querido ser cuando me dejaba llevar.
Me tomé mi tiempo. La lencería negra que casi había olvidado en el fondo del cajón me abrazaba con esa mezcla de nervio y poder. Las medias me subían por los muslos como una caricia anticipada, y los tacones—más altos de lo que recordaba—me obligaban a caminar despacio, segura. Me pinté los labios frente al espejo, y sonreí. Me gustaba esa sonrisa. Me gustaba esa versión de mí.
Él me había escrito por mensaje dos horas antes. No era el típico que lanzaba frases sucias ni iba directo al grano. Solo dijo:
"¿Esta noche?"
Y yo respondí:
"Sí. Pero esta vez, déjame a mí marcar el ritmo."
Lo esperé en casa. Bajé la luz del salón, encendí una vela en el baño —detalles tontos que me hacían sentir elegante, no vulgar. Al oír el timbre, mi corazón dio un salto. Siempre hay una parte de mí que quiere huir… pero esta vez no lo hizo.
Abri la puerta y me miró como si no esperara exactamente eso. Como si, por un momento, no supiera qué decir.
—Estás preciosa —dijo, al fin, bajando la voz.
—Lo sé —respondí—. Y tú vas a tratarme como tal.
Me besó sin pedir permiso, lento al principio, y yo le correspondí con las ganas contenidas de días enteros. Me acarició la espalda, bajó hasta la cadera y sus dedos ...
... se enredaron en el borde de las medias. Mis piernas temblaron, pero no de inseguridad.
—Hoy no quiero que me veas como un experimento —le dije al oído—. Hoy quiero que me veas como la mujer que soy cuando cierro los ojos.
Su respuesta fue clara: me alzó en brazos, sin decir nada, y me llevó al dormitorio. Me tumbó sobre la cama y se colocó encima, sin prisa. Me desnudó pieza por pieza, pero sin arrancarlas, saboreando cada centímetro. Me besó el cuello, los pechos falsos que tanto odié un tiempo, pero que hoy me hacían sentir sensual. Sus labios bajaron, acariciando mi vientre, jugando con la punta de la lengua justo donde sabía que me haría estremecer.
Se detuvo frente a mi sexo y lo miró sin vergüenza, con deseo. Lo sostuvo con firmeza, pero sin brusquedad, y lo acarició con la lengua primero, despacio, como si me explorara. Yo gemí de forma suave, intentando contenerme, pero fue inútil.
—Quiero hacerlo yo —le dije, mirándolo con firmeza.
Él se echó hacia atrás, apoyado contra el cabecero, y yo me arrodillé entre sus piernas. Saqué su polla lentamente, con las uñas largas rozando su piel, y la tuve frente a mis labios pintados. Me encantaba esa sensación: la mezcla de control y entrega. La tomé con la lengua, desde la base hasta la punta, lentamente. Y después me la metí entera en la boca, cerrando los ojos.
Sentí cómo se tensaba, cómo me agarraba del pelo mientras yo marcaba el ritmo. Me excitaba profundamente notar cómo gemía por mí, por mi boca, por lo ...
... bien que la tragaba. Lo hacía despacio al principio, succionando con mimo, saboreando, jugando con la lengua mientras mis manos acariciaban sus muslos y su vientre. Le encantaba que lo mirase desde abajo con esa expresión mezcla de inocencia y atrevimiento. Yo también me sentía poderosa. Femenina. Deseada.
Cuando estuvo a punto de correrse, se apartó con delicadeza y volvió a tomar el control. Me tumbó de nuevo, esta vez boca abajo, y me separó suavemente las piernas. Me acarició el culo, me besó la espalda, y fue bajando con la lengua hasta llegar a mi punto más íntimo. Me lamió con intensidad, con hambre. Mi cuerpo temblaba de placer, de nervio, de orgullo también.
Y luego, sin avisar, sentí cómo me penetraba. Lento. Profundo. Con una fuerza contenida que me hacía gemir entrecortado. Sus manos agarraban mis caderas, su polla entraba y salía de mí mientras yo me aferraba a las sábanas, completamente entregada. Me follaba como si supiera que esta vez no iba a resistirme, como si ya no hubiera ninguna parte de mí escondida.
El clímax me estalló sin aviso. Grito mi nombre, mi nombre femenino, el que yo misma elegí cuando decidí dejar de esconderme. Sentí cómo se corría dentro de mí con un gemido grave, ahogado, mientras me agarraba fuerte.
Nos quedamos así unos minutos, jadeando, sin decir palabra. Y no hizo falta.
Cuando se fue, más tarde, me quedé en la cama. Me toqué los labios aún pintados y sonreí.
No era la primera vez. Ni la segunda.
Pero esta vez… esta vez fui yo, de verdad.
