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Antonio el camionero y su chequeo de próstata

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AntonioSPA

A Antonio le sudaban los cojones. Literalmente. Y no por el calor, que también, sino por el mosqueo. Le habían cambiado la cita para la revisión de próstata —esa que se hacía cada año con más resignación que fe— y al llegar al centro de salud, lo primero que le dijeron fue que el doctor Julián, su urólogo de confianza desde hacía cinco años, estaba de baja por ciática.


—Le atenderá el doctor Luca Moreno, su sustituto —le informó la recepcionista, con una sonrisa blanca de azafata.


—¿Luca? —murmuró Antonio, arqueando una ceja peluda—. ¿Ese nombre no venía en los potitos de frutas?


—Pase al fondo. Consulta 3 —dijo ella, ignorando la burrada.


Antonio caminó por el pasillo mascando maldiciones. Llevaba una camiseta de tirantes con manchas de grasa, los sobacos húmedos y unos vaqueros tan bajos que casi se le veía el vello púbico. Entró sin llamar.


Y ahí estaba él. El nuevo.


Un crío. No tendría más de treinta. Repeinado, bata planchada, gafitas redondas de pasta, y una voz suave, precisa. Y sí, con una modulación afeminada. No hacía falta que lo dijera: era maricón fijo. Delicadito, con las manos finas, piel blanca sin una puta arruga y ese porte estirado de los que nunca han cambiado una rueda ni se han manchado de grasa en su vida. Todo en él olía a colonia cara y a miradas disimuladas. El tipo de médico que parece más interesado en el paciente que en la medicina. Antonio lo caló en dos segundos.


—Buenos días, don Antonio. Soy el doctor Luca Moreno. ...


... Encantado de conocerle.


Antonio se quedó de pie, brazos cruzados, como un león evaluando a un ratoncillo.


—Don Antonio me llama el del banco. Tú dime Antonio y va que chuta, que a fin de cuentas me vas a meter un dedo por el culo.


Luca lo observó con atención. No le temblaban las manos ni la voz, pero algo dentro de él se agitó. Antonio medía cerca de uno noventa, con ese pecho ancho y peludo que asomaba bajo la camiseta blanca con cercos de sudor, curtido por años de carretera y sol. Tenía el cuerpo de un toro viejo y cabreado, una presencia tan jodidamente masculina que parecía llenar la consulta de testosterona. Luca no se sintió intimidado, pero sí… fascinado.


—Está bien… Antonio. Vamos a hacerte la revisión prostática anual, ¿vale? Es algo bastante rápido.


—Sí, sí, ya me sé el rollo. Me pongo a cuatro patas, tú me metes el dedo en el ojete y todos tan amigos —y luego añadió, con una sonrisa resignada y chulesca—. Sólo que esta vez, el que me meterá el dedo no será Julián… sino un chavalito con manos de pianista y voz de doblador de las pelis que ve mi nieta.


Luca forzó una sonrisa profesional, pero no pudo evitar que su mirada se deslizara un instante hacia el bulto que marcaban los vaqueros gastados de Antonio. Era imposible no verlo. Lo abultaba todo, con un contorno claro, cayendo hacia un lado con una gravedad propia. En cuestión de segundos, descartó una erección y cualquier sospecha de hernia inguinal. Aquello era simplemente un tremendo rabo en ...


... reposo.


Antonio, que no se le escapaba una, lo notó al vuelo. Se agarró el paquete con una mano tosca, ajustándoselo con un gesto tan natural como provocador, y le soltó:


—¿Quieres que te lo saque ahora, chaval, o te esperas al reconocimiento?


El otro bajó la mirada un segundo. Tragó saliva y no dijo nada. Sólo asintió con un leve gesto, como quien finge normalidad ante algo que no se puede ignorar. Sabía que se le había notado. Y también sabía que Antonio se había dado cuenta.


—Eh… es sólo una exploración. Ya puedes bajarte los pantalones y tumbarte de lado en la camilla, por favor.


Antonio le dio la espalda y se sacó las llaves del bolsillo, luego soltó un resoplido y se desabrochó el cinturón con toda la calma del mundo.


—Qué fino eres, macho. Julián me decía: “Venga, Antonio, culo en pompa que voy a comprobarte el aceite”, y santas pascuas.


Luca no respondió. Se puso los guantes de látex mientras intentaba concentrarse. Pero no podía evitar mirar de reojo cómo aquel hombretón de aspecto bruto bajaba los vaqueros gastados y quedaba con los calzoncillos a medio muslo, dejando a la vista un culo ancho, peludo, varonil hasta doler. Tenía la espalda baja cubierta de vello, los glúteos amplios y poderosos, como dos rocas blancas en comparación al resto de su cuerpo. Un cuerpo de hombre de verdad, sin depilar ni refinar.


Y entonces, cuando Luca se agachó ligeramente para coger el bote del gel, le pareció ver algo que no encajaba con la posición anatómica ...


... normal. Una sombra, una forma colgante. Como si, desde atrás, entre las piernas abiertas de Antonio, asomara un trozo de carne que no debería ser visible desde ese ángulo a menos que por delante le colgara una tremenda polla de caballo.


Frunció el ceño, tragó saliva y miró de nuevo, con disimulo.


Sí. Lo estaba viendo bien.


Antonio se tumbó, pero no de lado. Se puso directamente a cuatro patas, con un gruñido:


—Así me hacía ponerme, Julián. A ver si vas a decir luego que no te lo pongo fácil.


Luca tragó saliva. El sudor le perlaba la frente. Se acercó con pasos tensos, respirando hondo para que no se le notara el temblor. Pero cuando con sus manos enguantadas separó las nalgas de Antonio para aplicar el gel… se encontró con una imagen que lo dejó paralizado.


El culo peludo se abría como una cueva oscura de macho, y justo por debajo, más allá de su peludo perineo y de sus enormes huevos, descansando con gravedad natural, colgaba el rabo más descomunal que Luca había visto nunca en una consulta. Oscuro, pesado, flácido pero impresionante. El tronco, ancho como una muñeca de niño, descendía sin ser eclipsado por aquellos huevos grandes, morenos y sudados, con el vello apelmazado.


Luca sintió un cosquilleo instantáneo en el bajo vientre. Su polla se movió dentro de sus pantalones como si tuviera vida propia. Intentó mirar a otro lado. Pero el cuerpo de Antonio era… demasiado. Demasiado macho. Demasiado bruto. Demasiado viril.


Y eso lo excitaba.


Antonio ...


... notó el silencio. Y lo olió.


—No estarás babeando, ¿eh, doctorcito? —gruñó sin moverse—. Que ya sé que gusto, pero esto no es Grindr.


Luca se apartó como si le hubieran electrocutado.


—¡No! No… disculpa. Sólo estaba… preparando el gel.


—Pues venga, prepárame el dedo también. Pero con cuidado, ¿eh? Que yo seré camionero, pero tengo el culo de un príncipe. Muy fino para según qué cosas.


El joven urólogo se inclinó. Intentó mantener la vista en la zona clínica, en lo técnico, en lo que debía hacer. Pero los dedos le temblaban. El calor del cuerpo de Antonio. El olor a piel, sudor de hombre maduro, rastro de cerveza y virilidad acumulada. Le hizo girar la cara un instante, pero no sirvió de nada. La polla se le empalmaba sin remedio. Y Antonio lo sabía.


—¿Qué pasa, chaval? ¿Te pone meterle el dedo a un tío como yo? —dijo, con voz profunda, sin moverse—. ¿O es que no puedes evitar mirarme el badajo?


Luca ni se inmutó. Mantuvo los ojos en la zona clínica, los dedos firmes ya en su sitio, aunque en su entrepierna la polla le latía como un motor.


Con precisión, apoyó la yema del dedo índice en el centro del ano de Antonio y, con un leve giro de muñeca, lo fue introduciendo despacio, abriéndose paso entre la resistencia natural de ese cuerpo viril. El esfínter se cerró de golpe en un acto reflejo, con una fuerza que lo sorprendió. Apretaba con carácter, con músculo de hombre que no se deja tocar por cualquiera.


Era como meter el dedo en la boca de un perro ...


... dormido: cálido, firme, y con una tensión que parecía advertirle que no jugara demasiado.


Luca tragó saliva, respiró hondo y respondió sin apartar la vista:


—Sólo evalúo lo que tengo delante. Y lo que tienes tú entre las piernas, Antonio… es material clínico de interés. Difícil no fijarse. Imposible ignorarlo. Y sí, también difícil que no provoque alguna… reacción.


Antonio resopló. Su gesto no era de enfado, sino de cabreo contenido. De ese cabreo que le subía por dentro cuando se sentía expuesto, vulnerable… y al mismo tiempo sabrosamente deseado. Sentía el dedo de aquel médico que por edad bien podría ser su hijo aún dentro, quieto, presionando… y eso lo tenía al borde de un estallido. No sólo de rabia.


—Tócate los cojones… —murmuró, entre dientes, sin girarse—. Con lo grande que es este país, y me tiene que meter el dedo en el culo un urólogo marica.


Luca alzó una ceja, sin apartar el dedo. Su voz salió tranquila, sin matiz de ofensa y cargada de una ironía afilada.


—Tranquilo, Antonio. No eres el primero que suelta una gilipollez con la polla encogida y el culo tenso. Estoy acostumbrado a tratar con machos como tú… heteros, muy españoles y con complejo de gladiador. Os ponéis muy gallitos fuera, pero aquí dentro —le dio un golpecito seco en el esfínter con la yema del dedo—, todos sois iguales: carne blanda y muy agradecida.


Y justo al decirlo, empezó el masaje. Lento. Rítmico. Profundo. Con movimientos precisos que buscaban el punto exacto, ese botón ...


... secreto que hacía estremecer hasta al más bruto. Luca lo presionó con firmeza, en círculos breves, mientras observaba la reacción del cuerpo ante él.


Antonio soltó un jadeo que no fue capaz de contener. Se le contrajo el vientre. Los muslos se le tensaron. El rabo, ya morcillón, se elevó un poco más, como si tuviera vida propia.


—¿Lo ves? —murmuró Luca, con una sonrisa en la voz—. Tu cuerpo no tiene prejuicios. Sólo terminaciones nerviosas. Y ahora mismo están todas cantando la Traviata.


—La madre que te parió… —gimió Antonio, sin poder evitarlo—. Como te vengas arriba y me metas otro dedo, te reviento a hostias.


Luca rió suave, sin dejar de masajearle la próstata con técnica y descaro.


—Lo apuntaré en el historial: "Paciente responde a estimulación prostática con amenaza verbal y erección visible." Bastante habitual en heteros cerrados como tú.


Antonio gruñó. Pero el gruñido ya no sonaba tan firme. Sonaba a placer no reconocido, a orgullo herido, a rabo que se empalmaba aunque el cerebro gritase lo contrario.


Y Luca… seguía moviendo el dedo. Con suavidad, con malicia, con esa precisión quirúrgica de quien sabe exactamente dónde está el punto de rendición.


—¿Qué tal orinas, Antonio? —preguntó de pronto, con tono profesional, aunque la voz ya le salía algo más ronca, cargada de aliento caliente.


Antonio resopló, con la frente sudada y las manos aferradas a la camilla.


—¿Que cómo meo? —bufó, con media sonrisa torcida—. Como un chavalín de quince ...


... años. Me levanto por las mañanas y me alivio contra el váter como si fuera un extintor. Eso sí, apunta en el historial que algunas tías han acabado más regadas que el césped del Bernabéu.


Luca se mordió el labio. El dedo seguía girando con lentitud, cada vez más profundo. La próstata de Antonio palpitaba como si respondiera al roce con su propio latido.


—¿Algunas tías? —replicó con una media sonrisa, bajando la voz—. Seguro que si la vendieras por litros, habría cola.


Antonio soltó una carcajada rota, aún jadeando.


—Cola y vasos de chupito. Porque macho… lo mío no es meao. Es orujo del bueno con testosterona.


Luca seguía con el dedo dentro, presionando con maestría la próstata de Antonio, con movimientos que no tenían ya nada de exploración médica. No buscaba anomalías. No tanteaba irregularidades. Aquello no era una revisión: era un masaje. Y no de los que se hacen en bata blanca, sino de los que acaban con la cara entre las piernas.


El ritmo era lento, calculado. Presionaba y soltaba. Giraba suavemente. Sabía exactamente dónde tocar y cómo. Y Antonio lo sentía. Lo sufría. Lo gozaba. El cuerpo se le tensaba con cada caricia interna, la polla le palpitaba como un tambor, el sudor le caía por la espalda, y los muslos empezaban a temblarle como si hubiera corrido una cuesta.


—Joder… —escupió entre dientes, sudoroso, con los nudillos blancos sobre la camilla—. ¿Tú estás buscando la próstata o un saco con farlopa?


Luca sonrió, sin parar el movimiento del ...


... gesto de hombre al que todo le suda la polla, literalmente.


Antes de salir, se giró hacia Luca. Lo miró con una mezcla extraña, difícil de leer: algo entre gratitud y desprecio, como si le reconociera el servicio pero al mismo tiempo le diera asco haberlo necesitado. Una forma de mirar que sólo Antonio sabía transmitir, como quien te da una palmadita en la cara justo antes de partirte los dientes.


Y salió de la consulta con el rabo aún palpitando y el ego más gordo que su polla. Dejando tras de sí el humo, el silencio incómodo… y una tensión que tardaría en disiparse.


La puerta de la consulta se cerró con un golpe seco. El eco resonó por un instante. El silencio volvió. Pero el olor no se fue.


Luca seguía de rodillas, los labios aún húmedos, el sabor de Antonio pegado al paladar como un recuerdo físico. Le temblaban las piernas, el corazón, la polla. Respiraba agitado, como si no pudiera aterrizar aún.


Se incorporó despacio. Se apoyó en la camilla, donde aún brillaban los restos de lubricante y sudor del camionero. Se llevó los dedos a los labios, saboreando lo que quedaba. Cerró los ojos. El eco de esa voz ronca, de esa risa bruta, de esa polla viva… lo invadía.


Se abrió la bata y bajó el pantalón del pijama médico sin pensarlo.


Su rabo apareció duro como una piedra cuando la liberó del tejido elástico de sus slips.


Se lo agarró con una mano y empezó a pajeárselo con ...


... movimientos rápidos, ansiosos. Veía a Antonio en su mente: de pie, sudado, con el cigarro en la boca, el pecho peludo, las botas sucias, y la polla aún goteando tras correrse como una bestia. Recordaba cómo le había sujetado la cabeza, cómo le había llamado maricón sin rencor, con una mezcla de desprecio y satisfacción.


Luca jadeaba cada vez más fuerte. Se inclinó sobre la camilla, apretando la frente contra el cuero, mientras se la meneaba con furia. Pensaba en ese glande enorme entrando en su garganta, en los huevos pegándole en la cara, en el gemido grave que soltó Antonio justo antes de correrse.


Y con un gruñido sordo, se vino.


El semen le salpicó la camilla, el suelo, las manos. Se corrió con espasmos largos, retorciéndose como si acabara de liberar un demonio que tenía atrapado dentro.


Se quedó quieto un momento. Respirando fuerte. Empapado. Desbordado.


La polla aún le palpitaba entre los dedos manchados, el cuerpo le temblaba como si le hubieran dado una paliza de placer. La consulta olía a macho, a corrida caliente y a vergüenza deliciosa.


Luego, sin moverse, murmuró para sí, con la cara aún apoyada en la camilla:


—Joder… tendría que haberle pedido que me la masajease él a mí…


Y soltó una risa breve, rota, sucia.


Porque claro… con semejante herramienta, ese animal le habría estimulado la próstata y removido hasta el intestino grueso.


Y aún así, habría valido la pena.

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