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🔥 Sudor, Hormonas... y Marcos (3)

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🏋️ Continuación. Bajo el foco de Diego


No sé qué hago aquí. Miro a mi alrededor mientras la puerta se cierra con un golpe seco, y siento el olor agrio de la sala de fisioterapia: huele a esterilla sudada, a espacio cerrado. El corazón me late tan fuerte que me duele el pecho.


Diego se da la vuelta, sosteniéndome la mirada como un puto verdugo. Saca la lengua para humedecerse los labios y sonríe, esa sonrisa de cabrón que me retuerce las tripas.


—Bueno, princesita —me dice, con esa voz grave cargada de veneno—. ¿Tú te crees que aquí mandas algo, o qué?


Me quedo callado, tragando saliva.


RaĂşl se pone a su derecha, con los brazos cruzados. Samuel cierra filas por el otro lado, con esa risita asquerosa que me hace temblar. Parecen lobos a punto de saltar.


—Vas a aprender que aquí no vales una mierda —continúa Diego—. Que eres nuestro puto juguete, ¿me oyes?


Me revuelve el estómago, pero no aparto los ojos. Algo dentro de mí me dice que no puedo ceder tan fácil, aunque me tiemblen las piernas.


—No soy un juguete —me sale, con un hilo de voz.


Diego levanta una ceja, sorprendido.


—¿Cómo has dicho? —pregunta, muy despacio.


—Que no soy vuestro puto juguete —repito, un poco más alto, aunque la garganta me arde.


Samuel suelta una carcajada.


—Hostia, el maricón tiene huevos —comenta, burlón.


RaĂşl niega con la cabeza, divertido:


—Sí, huevos… de trapo.


Diego se acerca tanto que noto su aliento, que me quema la cara. Me coge del cuello de ...


... la camiseta y me sacude, no muy fuerte, pero lo justo para hacerme sentir su fuerza.


—A ver, princesita —escupe la palabra, recreándose—. Aquí mando yo. Aquí eres lo que yo diga. Y si quiero que me chupes el sobaco, lo vas a hacer. ¿Está claro?


Me encoge el estómago, me falta el aire. Me debato en mil pensamientos:no, no puedo —pero me pone —no, me van a destrozar —¿y si me gusta? —no, es una humillación.


No respondo. Me quedo congelado.


—¿Está claro, zorra? —repite Diego, subiéndome el tono.


—Sí… —murmuro, sin fuerzas.


Diego sonrĂ­e. Sabe que me ha quebrado un poco.


—Eso es —dice, relajando la mano en mi camiseta—. Ahora agáchate.


—¿Qué… qué quieres? —pregunto, casi suplicante.


—Que huelas esto —gruñe Diego, bajándose de golpe el pantalón del chándal, dejándose sólo el calzón gris, sudado, marcándole la polla a lo bestia—. Huéleme la polla, maricón.


Me quedo helado. Miro el bulto, grande, apretado contra el algodĂłn hĂşmedo, y me sube una punzada de excitaciĂłn que me asusta.


—¿Qué pasa? —suelta Raúl, metiéndose en la escena—. ¿No te va la polla de hombre? ¿No te pone?


Samuel me empuja desde atrás, haciéndome perder el equilibrio.


—¡Al suelo! —me ladra Diego.


Me arrodillo. Me tiemblan los brazos. El suelo de linóleo está frío, áspero.


Diego se planta delante de mí, a un palmo de la cara. Se agarra la base del paquete y se lo zarandea un poco, moviéndome el olor agrio del calzón.


—Aspira, perra —ordena, brutal.


No me atrevo a ...


... mirarle a los ojos. Acato. Me acerco, aspirando ese aroma ácido, varonil, salvaje. Casi me mareo, pero me entra un cosquilleo eléctrico en la polla que me hace estremecerme.


—¡Más cerca! —dice Diego, poniéndome la mano en la nuca.


Me empuja contra su paquete. El calor me abrasa la cara. Casi siento el pulso de su polla al otro lado de la tela.


—Mírame, maricón —me ordena.


Alzo la vista. Diego me escupe en la frente. Un hilo caliente que me resbala hacia la ceja. Se rĂ­e, asqueroso.


—Vas a aprender lo que es obedecer —dice con odio—. Aquí, el maricón eres tú, y yo decido lo que haces.


RaĂşl se acerca y me da una colleja, como si me adiestrara.


—Tú mira bien, payaso —le dice Raúl a Diego—. El maricón está a puntito de correrse oliendo tus huevos, tronco.


Samuel asiente, carcajeándose.


—¿Ves cómo le va la marcha? Si hasta le tiembla la polla —añade señalándome la entrepierna.


Me tapo instintivamente, muerto de vergĂĽenza.


Diego niega con la cabeza con superioridad.


—Quítate las manos de ahí —me ordena—. Aquí no tapas nada, princesita. Enséñanos si te pones duro o no con mi olor.


Me quedo bloqueado. Siento la cara arder. Lentamente aparto la mano. Y sĂ­, tengo la polla medio tiesa, traicionera, palpitante.


—Joder, qué asco, tío —dice Samuel, divertido—. Este maricón se nos va a correr sólo de oler tus huevos, Diego.


Diego sonrĂ­e, encantado de la humillaciĂłn.


—A ver, abre la boca —me manda.


Niego un segundo. Me tiembla todo.


—He ...


... dicho que abras la puta boca, zorra.


No me atrevo a desobedecer. Abro.


Diego me mira con asco y placer a la vez, y sin dudarlo me escupe dentro, un escupitajo denso, caliente, que me golpea la lengua. Casi me dan arcadas, pero me aguanto.


—Trágatelo —ordena, despacio.


Obedezco, tragando ese asco, con la cara roja de vergĂĽenza.


Los otros dos aplauden, muertos de risa.


—¡Eso, tragátelo! —grita Raúl—. Como buena zorra.


Siento que me quiebro por dentro. Una parte de mí quiere gritar, largarse, saltar por la ventana. Otra parte está hirviendo de morbo, latiendo en las venas. Me da miedo, pero también me engancha.


Diego me agarra la barbilla y me levanta la cara, mirándome muy serio.


—Aquí o entras al puto juego, o no vuelvas más —me suelta, cortante—. Si no aguantas esto, lárgate. No quiero princesitas blandas cerca de mis tíos.


Mi respiraciĂłn se desboca. El corazĂłn me explota en el pecho. Diego no me aparta la mirada, esperando mi respuesta, mientras RaĂşl y Samuel me rodean como hienas, con esa excitaciĂłn salvaje en la cara.


No sé qué contestar. Estoy en un precipicio.


—Trágatelo —ordena, despacio.


Obedezco, tragando ese asco, con la cara roja de vergĂĽenza.


Los otros dos aplauden, muertos de risa.


—¡Eso, tragátelo! —grita Raúl—. Como buena zorra.


Siento que me quiebro por dentro. Una parte de mí quiere gritar, largarse, saltar por la ventana. Otra parte está hirviendo de morbo, latiendo en las venas. Me da miedo, pero también me ...


... engancha.


Diego me agarra la barbilla y me levanta la cara, mirándome muy serio.


—Aquí o entras al puto juego, o no vuelvas más —me suelta, cortante—. Si no aguantas esto, lárgate. No quiero princesitas blandas cerca de mis tíos.


Mi respiraciĂłn se desboca. El corazĂłn me explota en el pecho. Diego no me aparta la mirada, esperando mi respuesta, mientras RaĂşl y Samuel me rodean como hienas, con esa excitaciĂłn salvaje en la cara.


—¿Esto… esto es una novatada? —tartamudeo, intentando aparentar inocencia—. ¿O… es que me vais a hacer esto a mí siempre?


Los tres se miran y sueltan una risa seca y brutal.


—Novatada no es, gilipollas —responde Diego, con una sonrisa fría—. No eres el primero que pasa por aquí.


—¿Y los otros? —pregunto, nervioso, con la voz quebrada—. ¿También les hacéis esto? ¿Les dejáis ir después?


Diego ladea la cabeza y se acerca a mí, apretándome el cuello de la camiseta.


—Ninguno pasó de llevarse una corrida en la mochila o tragarme el rabo —me dice, con ese tono cruel—. Ninguno volvió.


Un escalofrĂ­o me recorre la espalda.


Raúl añade, con sorna:


—¿Ves? Aquí no hay sitio para maricones blandos.


Samuel remata:


—Si no aguantas, te jodes y te largas, o te haces fuerte y entras en el puto juego.


Miro la puerta, pienso en salir corriendo, pero algo me ancla allĂ­.


Estoy atrapado. Y no sé si quiero escapar o rendirme.


"Espero que os haya gustado.¡Gracias por vuestros comentarios!"

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