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In Nomine Domine 3: Invocación

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LilitheaAsmodar

Siempre fui distinta, No mejor, no peor. Solo distinta.


Mientras las demás soñaban con cartas de amor cursis, yo ya me preguntaba cómo se siente que alguien te arranque el alma con solo una orden susurrada.


Desde adolescente, algo hacía eco en mi cabeza como un mantra que no sabía pronunciar: quiero más, quiero más fuerte, más oscuro, más real.


Un día, en el vestidor del colegio, besé a una chica.


El mundo no colapsó. Mi cuerpo sí.


Ahí lo supe: soy bisexual, y soy una bruja. Una mujer de fuego envuelta en sombra, sensual y sagrada, como diría aquella voz en Cartas de una sumisa:


“Ser sumisa no es ser menos. Es elegir arrodillarse frente a quien te despierta la tormenta.”


Leía relatos eróticos con la misma devoción con la que otras oran.


Cada palabra me estremecía y cada estremecimiento me bajaba a la entrepierna. Mis dedos completaban lo que las letras no podían, y mis gemidos se perdían entre páginas digitales y almohadas empapadas.


Viví. Gocé. Me aburrí. Volví al relato.


Y esta vez no quería solo leerlo. Quería vivirlo.


Conocí a mi primer Amo.


Juegos básicos, cuerdas suaves, órdenes nuevas. Risas, nalgadas, mordidas. Luego, dos más. Breves. Intensos. Uno de ellos me enseñó a jugar con dulces en las rave Mi lengua aprendió lo que es un viaje sin retorno.


Y entonces... cambió todo.


Me volví modelo webcam. Una bruja frente a una cámara, haciendo del deseo un arte. ...


... Criticada, sí. Pero también adorada. Y libre.


Los billetes llegaban. Los orgasmos a veces. La soledad, siempre.


Hasta que él apareció.


No recuerdo qué día era.


Solo recuerdo que estaba trasmitiendo con el cuerpo medio flotando por un par de pases de polvo blanco, y el alma aburrida de siempre.


Y entonces lo vi.


“Technera?”


Así, sin adornos.


Yo respondí: “¿Sí, se nota?”


Y como si alguien hubiera destapado un frasco de esencia pura, empezamos a hablar de música, de fiestas, de dulces...


Y después: BDSM.


Ahí supe que no era un usuario más.


Ese hombre sabía pronunciar los silencios.


Ese hombre tenía el ritmo de quien ya había dominado antes.


Y yo, que había llegado a ese punto donde nada me sorprendía, sentí un cosquilleo recorrerme como serpiente en danza.


No podía explicarlo.


Pero lo deseé. Quise que me dominara. Esa misma noche.


Agendamos un pvt. Solo eso. Uno más. Uno cualquiera.


Pero yo tenía las manos temblorosas, el corazón apretado.


¿Por qué me daba ansiedad si ya sabía qué hacer, si nada era distinto... salvo que esta vez, todo lo era?


Ese día compré el Popper.


Me miré al espejo. Me vi distinta. Más desnuda que nunca, aunque aún vestida.


Y cada palabra que él me escribía, cada pausa, cada punto, era como si mi cuerpo respondiera antes que mi mente.


Ya no pensaba en lo que venía. Solo temblaba mientras me preguntaba: ¿Qué pasará después?

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