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Dejar el parentesco

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No podía por menos venirme el recuerdo de aquella imagen en la que pude visualizar una blusa escotada, dejando entrever unos pechos turgentes y deseables para cualquier hijo de vecino. Lo demás del cuerpo de la que era hermana de mi madre también era digno de admirar, pero el primer vistazo, al verla de nuevo, se dirigió a ese relieve fantástico que tan grato recuerdo guardaba. El llegar a poder admirar y contemplar totalmente los pechos de una mujer tan espectacular se produjo tal hormigueo en mis genitales que mi mano se aferró a mi pene, provocando la que fue mi primera masturbación.


Esa hermana de mi madre rondaba los veinte y qué veinte años. Aunque yo era un crió, no por eso era ciego y se apreciaba en ella que era una mujer imponente.


Este hecho sucedió en casa de mis abuelos. Era verano, y como casi todos los años, íbamos a pasar unos días con ellos y a la vez con la hermana pequeña de mi madre, que también vivía allí. Una tarde calurosa que no se podía estar en la calle, estaba entretenido jugando en mi habitación. La puerta la dejé abierta para que corriera el aire, por lo que pude ver quien venía por el pasillo de forma acelerada para entrar al baño. La puerta estaba enfrente de mi habitación y pude ver que se trataba de mi tía. Ni se le ocurrió mirar si pudiera haber alguien que pudiera observarla y ni se molestó en cerrar la puerta del aseo. Mi atención en ella se centró cuando se despojó de la blusa que llevaba y del sujetador. Mis ojos como platos, ...


... seguían sus movimientos que no eran otros que observar como su cuerpo se inclinaba al lavabo, sus manos recogían agua del grifo y con suavidad iba refrescando sus pechos. Ver como sus manos se desplazaban desde la base de sus mamas, pasando sus pezones, hasta llegar a su cuello, provocó en mí tal excitación que no pude por menos que dedicar a esa mujer mi primera paja.


No logré nunca volver a verla en ese estado, pero para mí dejo de existir ese vinculo de tía y sobrino para pasar a ser la mujer en la que centraban todos mis pensamientos carnales. Era un adolescente, pero tenía la tenía en tal fijación que solo deseaba tener la mayoría de edad para casarme con ella y disponer de su cuerpo. Mientras no llegaba ese día, mi único desahogo era dedicarle unas pajas monumentales. Mi decepción llegó cuando contrajo matrimonio. No por eso dejaba de tenerla en el pensamiento y, si tenía ocasión, comparar sus tetas con la de la chica que podía llegar a tocar.


Bien, han pasado unos cuantos años desde ese recuerdo y ahora estoy con veintitrés. Estoy hecho un hombretón, como dice mi madre y, sin entrar en detalles de cómo transcurre mi vida, puedo decir que más o menos puede ser como la de cualquiera de los mortales. Mis problemas, son los típicos de una persona de esa edad que lucha por encontrar un trabajo de acorde con los estudios realizados y que mientras, se agarra donde puede. En lo que respecta al sexo, no se me da mal, aunque no siempre, pero en mis relaciones con mujeres con ...


... alguna me he podido desfogar por completo, aunque sin comprometerme a más.


Después de estas explicaciones, vuelvo al principio del relato en el que contaba que tenía enfrente la visión de la mujer que alteró mi cuerpo adolescente. No era para menos con ese escote tan provocativo. Habían pasado diez años desde esa vez que la vi con los pechos al descubierto y la encontraba más que encantadora, por no decir deseable. Sus treinta años eran anecdóticos, cualquier mujer más joven que ella, firmaría por estar tan esplendorosa, o quizás eran mis ojos que la veían así.


Desde que se casó y creo que hace unos cinco años, no la había vuelto a ver. Se había trasladado a otra ciudad y cuando coincidía con mis padres en casa de mis abuelos, yo no me encontraba.


Pues bien, aquí estaba de visita en nuestra ciudad y en compañía de su esposo. Un señor que más bien parecía su padre que su marido.


Era sábado, tenía el día libre y momentos antes de que ellos llegasen a nuestra casa, me disponía a salir cuando mi madre me retuvo.


¿Dónde vas?


–Me esperan unos compañeros del club para comentar la excursión de mañana.


–Pues tendrán que esperar o comentarlo por teléfono.


–¿Qué te pasa? ¿Por qué van a tener que esperar?


–No me pasa nada, pero quiero que estés aquí cuando venga tu tía Patri y su marido.


Era la primera noticia de que íbamos a tener esa visita y maldita la gana que tenía de reuniones familiares. Ya prácticamente tenía olvidado a ese matrimonio y respecto a ...


... mi tía, ya tenía superado el recuerdo de sus pechos y el querer hacerla mi esposa. Así que le contesté a mi madre.


–¿Y qué falta hace que esté yo? Ya estáis vosotros para recibirles.


–Quieren también verte a ti. Sobre todo tu tía ha insistido que quiere saludarte. No sé el tiempo que hace que no te ha visto. Además, es mi hermana, debes tenerla en consideración y quiero que también nos acompañes comiendo todos juntos.


–¡Vaya!, no solo la tengo que saludar, si no que me vas a hacer perder la mañana. ¿Me dejarás marcharme nada más comer?


–Después podrás irte donde quieras –respondió mi madre.


Y ahí estaba mi esplendorosa tía. Se me pasó el cabreo nada más verla. Volvieron a mí ese recuerdo de haber llegado a admirar esos pechos que en su día los contemplé desnudos. Si impresionado quedé al ver ese precioso relieve que dejaba entrever ese fastuoso escote de su blusa, en el que se perfilaba unos esplendorosos pechos, más sorprendido me quedé cuando se acercó a mí y me propinó un beso en plena boca, para después decirme:


–¡Madre mía, que tiarrón estás hecho! Tu madre me ha hablado de ti, pero se ha quedado corta.


Mientras mi tía se desvivía en adulaciones, su marido se comportaba como si fuera un convidado de piedra sin apartar su mirada sobre mí. Un hombre, como he dicho, de mediana edad, de complexión gruesa y aparentaba lo que era; un señor industrial al que le iban bien los negocios y que se pudo permitir haberse casado con una mujer como la hermanita de mi ...


... madre.


Después de los saludos correspondientes, hubo una pequeña discusión sobre dónde íbamos a comer. Mientras mi madre optaba por hacerlo en casa, los demás querían ir a un restaurante y evitar que mi madre se pringara en la cocina. No fue una elección democrática y prevaleció la opción de mi madre.


–Ya habrá ocasión de ir a un restaurante. Para un día que venís, quiero que lo compartáis con nosotros en nuestra casa. Además, la comida la tengo preparada –terminó diciendo mi madre.


Y bien que lo tenía dispuesto. No faltó detalle para honrar a nuestros visitantes y ellos se lo agradecieron.


Pero hay algo que os interesará saber y es lo que ocurrió durante la comida. Éramos seis comensales, entre los que se encontraban también mi padre y mi hermana menor. Mis padres estaban situados en cada una de las cabeceras de la mesa rectangular; a mi hermana le hicieron sentarse enfrente del marido de mi tía y como podéis suponer, a mí me tocó tener delante a mi flamante tía Patri.


En buena armonía y entre risas, sobre todo de Patri, fue trascurriendo la comida. Yo, disimuladamente, no perdía ojo al escote que tenía enfrente y pensar que debajo de esa blusa, había unos pechos muy apetecibles. Llegó el momento de los postres y algo más dulce se unió a ellos. Sentí como un pié, desprovisto de zapato, se posó encima del mío. No se podía ver a quien pertenecía, porque el largo faldón del mantel que cubría la mesa lo impedía, pero seguro que de mi padre no era porque en esos ...


... momentos se había levantado. No cabía duda que pertenecía al comensal que tenía enfrente. No lo retiré, y poco a poco iba notando como ese pequeño pié se metía por el caño de mi pantalón para ir desplazándose por mi pierna.


Yo flipaba, la miraba y ella me obsequiaba una sonrisa. ¡Joder!, la mujer que hizo despertar mi deseo sexual y mis anhelos amorosos, me estaba de nuevo provocando un enardecimiento que seguramente terminaría en una monumental paja, o en un desahogo con alguna amiga deseosa de que la follara.


Ya no era un adolescente que toda la ansiedad quedaba prácticamente en el pensamiento. A esa provocación, respondí quitándome el mocasín y poner mi pié sobre su pierna. Una señal de asentimiento noté en su rostro y continué desplazando mi pierna por la suya hasta llegar a sus muslos. Mi posición en la silla era un poco incómoda, pero me acomodé apoyando mi espalda al respaldo de la silla. No era una posición que delatase incorrección, más bien era la de estar satisfecho por la excelente comida que nos había deparado mi madre.


Pues bien, al llegar mi pié a sus muslos, sorteando la falda que los cubría, ella fue separándolos poco a poco hasta que mi pié se aposentó en toda su pelvis. Los dedos de mi pié se encargaron de acariciar la suave tela del tanga, mientras mi seductora tía iba cerrando sus muslos aprisionando mi pié.


Se acabó mi sondeo por su zona pélvica, cuando mi madre propuso tomar café en la terraza. Como si no hubiera pasado nada en esa mesa, Patri ...


... se levantó igual que los demás y se dispuso a ir a la terraza donde mi madre había dispuestos las tazas para tomar café. No tuve ocasión de dirigirme a mi tía, esa mujer que había alterado de nuevo mi organismo, mi madre la acaparó y no pude decirle con adecuada discreción, lo que me apetecía en esos momentos.


Después del café, me fui un momento a mi habitación para reflexionar sobre lo sucedido. No sabía si desfogarme con una tremenda paja, o que coño hacer o pensar. ¿Por qué esa mujer, me había provocado de esa manera? ¿Qué pretendía? Si lo que intentaba era ponerme cachondo, lo había conseguido.


En esas estaba, cuando oí voces que partían del aseo que está contiguo a mi habitación. Eran fáciles de distinguir y pertenecían a mi tía y a su marido. Además, como el marido era un poco sordo, todavía se oía la conversación con toda claridad.


“–¿Qué te parece mi sobrino? –preguntó mi tía.


–Bien –respondió escuetamente su marido.


–¿Cómo que solo bien?, es maravilloso, reúne todas las cualidades que yo deseo.


–Mira, esto es cosa tuya y yo no quiero entrar, pero te he dicho mil veces que si quieres tener un hijo, existe la adopción.


–Ya sé que a ti te es igual, pero yo no quiero un hijo adoptivo y, si tú no puedes dármelo, tampoco quiero que sea de un extraño. Además, si alguien tiene que meter su pene en mi vagina para tenerlo, prefiero que sea el de mi sobrino.


–¡Bueno, ya está bien! Haz lo que quieras, pero a ver cómo te las apañas para convencerlo sin ...


... que se entere de lo que pretendes. Sabes que nadie debe saber que quieres engendrar un hijo que no es mío.


–No te preocupes que no se sabrá. Y además, has visto como mi sobrino tiene los mismos rasgos que mi hermana. Si el hijo que tenga, se pareciese a él, a nadie le extrañará que tenga parecidos con alguien de mi familia. Y el que intente convencerlo para que me folle, es cosa mía; para que lo sepas, ya lo tengo encauzado. Tú, cuando quieras, puedes marcharte donde gustes.


No tenía que oír más. ¡Joder con mi tía y el impotente de su marido! Me querían hacer servir de semental. Se me encogió el pene al instante. Mis dudas sobre el comportamiento de esa mujer estaban aclaradas. Le estuve dando vueltas al asunto y, por una parte, no quería que nadie me manejase ni me tomase el pelo y menos, tener que donar mi esperma para engendrar un hijo que no me iba a pertenecer. Por otra parte, el follar con esa mujer no era algo que debiera rechazar. Sí que pudiera encontrar alguna fémina donde mi miembro estuviera en caliente, pero poder hacer realidad mis fantasías sexuales de adolescente con la mujer que las había promovido, estaba por encima de cualquier resentimiento. Me tendría, faltaría más, pero intentaría que sus pretensiones no se llevaran a cabo.


Una llamada a la puerta de mi habitación hizo romper mis pensamientos. Se trataba de mi madre que la abrió para decirme:


–Creí que te habías marchado. No te vayas porque quiero que esperes a que tu tía Patri y yo regresemos. ...


... descarga.


Ya no había por qué frenar ningún propósito. Ese posible embarazo estaba claro que nos pertenecía a los dos.


Nuestra unión particular ya estaba sellada. Además, mi sueño estaba cumplido y era dueño de esos pechos gloriosos, que habían sido los causantes del despertar en mis instintos las apetencias sexuales.

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