Valeria empoderada vuelve al ciber
Valeriasissy
Luego de haber sido sometida por mi ex compañero (relato anterior) me pasé días enteros encerrada en mi departamento, ese encuentro me había cambiado, me hizo querer ser Valeria a tiempo completo, vivir como me sentía. Además, el haber sido así de utilizada me hizo sentir tan poca cosa, tan humillada y eso me encantaba; y me animé.
Me di cuenta de que esto era lo que realmente quería hacer con mi vida. Era mi manera de liberarme y de explorar mi sexualidad de una manera que nunca antes había imaginado posible. Y aunque sabía que no era el camino más convencional, no me importaba. Esto era lo que realmente me hacía sentir viva.
Busque otro departamento que me aceptara así sin problemas, no tuve dificultad para encontrar algo lindo y que pudiera pagar.
Invertí el resto de mis ahorros en lencería fina, tacones altos y juguetes sexuales de todo tipo. Quería ser la mejor puta que pudiera, y estaba dispuesta a descubrir mis limites y superarlos.
Compré vestidos ajustados, jeans, calzas, carteras y maquillaje; me aseguré de tener siempre un aspecto sexy y seductor.
La próxima vez que pisé el ciber, ya no era la misma. Jeans ajustados que me marcaban el culo, un peto blanco donde se marcaban mis pezones, una chaqueta negra y tacones que tambaleaban pero me hacían sentir poderosa. Pelo negro liso natural hasta los hombros, aros de argolla, maquillada.
El joven del mostrador me miró de arriba abajo con una sonrisa torcida. Era alto, ancho de hombros, con tatuajes ...
... que asomaban bajo su polo ajustado. Había algo en sus ojos que hizo que mi estómago se contrajera.
—Ay, pero qué linda putita vinimos hoy— dijo, burlón, mientras mordisqueaba un palillo.
Me ruboricé, pero mantuve la cabeza en alto. Valeria nunca se achica.
—Voy a una cabina— dije, tratando de que mi voz no sonara tan frágil.
Se rio, áspero, y se inclinó sobre el mostrador, demasiado cerca.
—¿Otra vez de ofrecida? ¿O ya te gusta tanto que vienes gratis?
La sangre me hirvió.
Él soltó una carcajada, como si fuera un chiste.
—Tranqui, "Valeria"— dijo entre comillas con los dedos—. Pero antes de que pases, tengo una oferta para ti.
Se escupió el palillo y agarró mi muñeca con una mano grande y callosa.
—Tres veces por semana, dos horas gratis en las cabinas. A cambio... —sus ojos bajaron a mis labios pintados— yo soy el primero en usarte cada vez que vengas.
Sentí un escalofrío. ¿Lo decía en serio?
—No... no estoy segura— tartamudeé.
—Bueno, entonces sigue pagando como todos los maricones que vienen aquí— soltó mi brazo como si quemara.
La humillación me ardía en la piel, pero lo puta se me sale por los poros.
—... ¿Podemos probar hoy?— pregunté en un susurro.
Su sonrisa fue lo último que vi antes de que me empujara contra la puerta del baño de empleados.
—Así me gusta.
No hubo preámbulos, no hubo besos. Sus manos ásperas me bajaron el pantalón hasta los tacones, arrancaron mi tanga como un estorbo y me giraron contra la pared. ...
... Duele más cuando no hay cariño.
El frío del azulejo me heló la piel mientras escuchaba el ruido del condón desenrollándose.
—No te muevas— gruñó, y obedecí.
Cuando entró, fue como un cuchillo —seco, cruel—. Agarré el lavamanos con fuerza, mordiendo mi propio labial para no gritar. No llorar. No quejarse. Eso no era lo que buscaban de mí.
Él no habló, no me tocó con amor. Fue un animal, un cuerpo contra el mío, hasta que jadeó y se derrumbó sobre mi espalda.
—No estás mal— dijo después, ajustándose el cinturón como si nada hubiera pasado—. Vuelve el jueves.
Me dejó tirada, con las piernas temblando y el maquillaje corrido.
Al salir del baño, me miré en el espejo. Valeria seguía ahí, despeinada, mordida, pero más fuerte.
Las piernas aún me temblaban cuando entré a la cabina número 19, el olor a sexo y goma de condón flotando en el aire. Las paredes delgadas dejaban pasar gemidos de otra cabina—un hombre gruñendo, una voz ahogada, el sonido húmedo de un cuerpo siendo usado sin piedad. Una punzada de calor me recorrió entre las piernas. Qué fácil era empaparme cuando el mundo entero olía a perversión.
Encendí la computadora y me conecté rápido al chat interno del local:
📩 Pasiva femenina $$$$ - Cabina 19 (prendida y sin límites)
Los mensajes empezaron a llegar antes de que pudiera sentarme.
"20 lucas por anal sin condón"
"Ven a la 14 y te como el culo primero"
"¿Te gusta que escupan adentro?"
Respiré hondo y respondí al más ...
... cercano:
📩 Cabina 19 listo. Preservativo obligatorio. $15.000 por 20 min.
No había terminado de enviarlo cuando la puerta se abrió.
Primer cliente: El ejecutivo apurado
Un tipo con camisa azul y corbata floja, oliendo a colonia barata y ansiedad.
—Dijiste 15 —farfulló, ya desabrochándose el cinturón con manos torpes.
—Sí, pero con condón— le recordé, sacando uno de mi bolsito.
Me miró como si le hubiera negado el cielo.
—Qué paja.
Pero igual pagó.
No me besó. Ni siquiera me tocó. Solo me puso de rodillas y me empujó la cabeza hacia su verga, que olía a orín y adrenalina. Me usó la boca como un mugroso trabajador usa un baño de estación de servicio: rápido, impaciente, pensando en otra cosa. Cuando se corrió, ni siquiera me avisó. Sólo un gemido apagado, un jetazo amargo en la garganta y después un gruñido de "gracias" antes de irse.
En el pasillo, otro ya esperaba.
Segundo cliente: El veterano de las cabinas
Ese sí sabía lo que hacía.
Pantalones de tela, zapatos lustrados y una sonrisa que me hizo pensar que ya me había visto antes.
—¿Eres nueva? —preguntó, pasando los dedos por mi cintura.
—Un par de veces— mentí, sintiendo que sus uñas me marcaban la piel.
Él solo rio.
—Lindo culito tienes para ser tan virgen.
Me agarró de las caderas y me volteó contra la silla de la computadora, sin preámbulos. El plástico del asiento me quemó los muslos cuando me empujó hacia adelante. Nada de lengüetazos, nada de cariño. Su dedo escupido ...
... entró de golpe mientras con la otra mano desenrollaba el condón.
—Relájate, nena.
Y luego, la invasión.
Más grande que los anteriores. Más lento, pero no más gentil. Cada embestida un recordatorio de mi lugar: un hoyo con precio. Movió mis caderas como un manubrio, ajustando el ángulo hasta que un gemido se me escapó.
—Ajá, ahí te duele— murmuró satisfecho.
Cuando terminó, dejó un billete en el teclado.
—Vuelve pronto. Te voy a buscar.
Tercer cliente: Maricón con furia
El último tocó la puerta cuando ya faltaban cinco minutos.
Delgado, joven, uñas pintadas de negro y una mirada que me escaneó como si yo fuera su próxima tragedia.
—Cobras por dejarte violar, ¿no? —preguntó con una voz demasiado dulce para lo que decía.
El corazón me latió fuerte, pero asentí.
No hubo dinero antes. No hubo condón hasta que yo se lo recordé. Solo manos que me ahogaban contra el piso, un muslo entre mis piernas para que no cerrara y una polla que me abrió como un cuchillo. Gemí, pero él me tapó la boca con su palma.
—Calladita, maricón. Sabías a qué venías.
Y no me dejó ir hasta que el pantallazo de la computadora avisó que el tiempo se acababa.
Cuando salí, el encargado me vio pasar con una sonrisa.
—Vas a volver, ¿eh? —preguntó como si ya lo supiera.
Me arregle el cabello y tragué el nudo en la garganta.
—Pronto.
Porque Valeria, aunque rota, nunca dejó de ser rentable.
