Una Testigo Silenciosa
AndyStories
Era mi primer trabajo siendo mayor de edad, lo cual había pasado algunos meses atrás. El papeleo fiscal fue un desastre, pero al final pude arreglarlo todo y entrar a trabajar en una cafetería de mi colonia, un local bastante grande y concurrido, de esos que tienen clientes recurrentes y ya sabes su forma de pedir el café.
En las pocas semanas que llevaba trabajando, una clienta llamaba mucho mi atención. Una mujer joven, radiante, pelo largo y castaño, siempre vestía vestidos sueltos y de colores claros, muy amable y súper educada, con una mirada que te envolvía y te hacía olvidar lo que estabas haciendo.
Ella venía todos los días, a la misma hora, siempre sola, y casi siempre la atendía yo. Siempre pedía lo mismo: un latte con dos de azúcar. Se sentaba en una de las mesas en la esquina del local y se quedaba leyendo, trabajando en su laptop, o simplemente observando el local. Pero sobre todo... me observaba a mí.
Al principio pensé que era imaginación mía, una fantasía más para hacer mis turnos más llevaderos. Pero con el tiempo, me di cuenta de que no. Me seguía con la mirada cada vez que pasaba cerca, me sonreía con una calma que me desarmaba. Era como si supiera algo de mí que yo aún no había descubierto.
Un día llegó más tarde que de costumbre, pero su orden no cambió. Pidió lo de siempre y empezó con su rutina de todos los días. Fue entonces que llegó mi media hora de comida. Fui por mi lunch al refrigerador de empleados, lo calenté y me fui a sentar en ...
... una de las mesas. Estaba en mi mundo, escuchando música, cuando me di cuenta de que estaba parada junto a mí. Me quité uno de los audífonos para poder escuchar lo que me decía.
—Hola, ¿qué tal? ¿Te importa si me siento contigo? —me dijo, con su libro bajo el hombro y su café en la mano.
Me tomó por sorpresa, pero no lo negué. Puso sus cosas sobre la mesa y después se sentó frente a mí con las manos abajo de la mesa. Su presencia era enorme, me sentía intimidada frente a ella, pero trataba de mantener la compostura.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—Andrea, mucho gusto —le dije con un tono falsamente seguro.
—Un gusto. Yo soy Evelyn —me dijo, extendiendo su mano derecha para saludarme.
Le correspondí el saludo. Tomó mi mano con seguridad pero con delicadeza. Me llamó la atención que fuera la derecha porque siempre había creído que era zurda. No le di tanta importancia y siguió haciéndome preguntas.
Cuánto tiempo llevaba trabajando, si trabajaba todos los días, si estaba estudiando... pero poco a poco se fueron tornando más personales. Cuáles eran mis días de descanso, si vivía cerca, si estaba soltera, si me gustaban las mujeres, qué edad tenía... Estaba siendo muy directa, pero por alguna razón yo no sentía rechazo.
Cuando le dije que tenía 18 años, me dijo que prácticamente me doblaba la edad. Yo no le creía, hasta que me mostró su identificación: año de nacimiento 1978. Me quedé sorprendida. Se veía mucho más joven para tener 40. Pero no era un problema ...
... para mí en ese momento.
—¿Por qué me está preguntando todo esto? —le dije, inclinándome un poco hacia ella.
—La verdad, me pareces una chica muy linda, y quería proponerte salir un día y, no sé... tal vez conocernos un poco y salir más regularmente...
—¿Quieres tener sexo conmigo? —dije, interrumpiéndole y mirándola fijamente a los ojos—. No hace falta dar tantas vueltas, es mejor ser directa desde el principio, ¿no crees?
Ella se quedó en silencio, con una mirada de sorpresa y desconcierto.
—Lo siento —me dijo con una voz suave y temblorosa—. Es la primera vez que hago esto con alguien tan joven y no sabía cómo actuar. Pero sí, me interesa un encuentro sexual contigo, pero...
—¿Pero qué? —le dije, volviendo a interrumpir.
—No quiero que estés conmigo —me dijo, recuperando esa voz suave pero firme de siempre.
La miré bastante extrañada sin entender qué trataba de decir.
—Quiero que estés con él —me dijo.
—¿Perdón? —pregunté, sin poder evitar sonreír.
—Con mi esposo —dijo, como si fuese lo más natural del mundo y mirando a un lado de nosotras.
Entonces puso sus manos sobre la mesa, y fue cuando me di cuenta de algo en una de ellas: un anillo de matrimonio en la mano izquierda. Me quedé en shock y volteé la cabeza poco a poco. Pude ver de reojo a un hombre sentado en una mesa del fondo mirándonos. Volví la mirada hacia ella, con algo de miedo.
—¿Estás casada? —le dije, con un tono de incredulidad y miedo.
—Es algo que llevamos ...
... haciendo muchos años con diferentes mujeres de mi edad. Tú serías la más joven con la que ha estado —me dijo, con una mirada segura clavada en mis ojos.
—¿Entonces quieres un trío? —le pregunté, un poco más tranquila.
—No exactamente. Busco que tú estés con él... mientras yo los miro.
No supe cómo reaccionar. No entendía nada de lo que estaba pasando. Llegué a pensar que era una broma de mis compañeros. Esperaba voltear hacia ellos y verlos grabando para después reírse, pero no. Ellos estaban centrados en el trabajo. El tiempo se había paralizado. Un montón de pensamientos pasaban por mi cabeza. No entendía cómo eso sería una especie de fantasía o fetiche.
De repente, la alarma de mi teléfono me sacó de ese trance: mi media hora de comida había terminado y tenía que regresar al trabajo.
—¿Cuándo acaba tu turno? —me preguntó.
—A las 7... —le dije con voz temblorosa.
Tomó una servilleta, sacó su bolígrafo y apuntó un número de teléfono.
—Si te interesa, llámame y vendré en auto para poder hablar con más tranquilidad. Un gusto, Andrea —me dijo, para después levantarse y salir del local, seguida por el hombre que estaba mirándonos al fondo.
Volví a mi turno, pero sus palabras y su propuesta no dejaban de rondar mi mente, la cual estaba inundada de dudas y miedos. ¿Y si era una estafa? ¿Y si eran peligrosos? No sé si fue la sorpresa, la curiosidad o algo más oscuro lo que me hacía sentirme atraída a la idea.
Entonces, media hora antes de que mi turno ...
... terminase, decidí llamar al número, con una adrenalina que no podía contener. Lo contestó rápido y acordamos vernos en una esquina. Ella vendría en auto y así podríamos conversar tranquilamente.
Mi turno terminó, y antes de salir decidí enviar mi ubicación a una amiga mía como medida de precaución. No era la primera vez que lo hacía, estaba un poco harta de mí, pero siempre se preocupaba al final del día.
Salí del local y me dirigí a la esquina indicada, y ahí estaba el auto. Me acerqué a la puerta, la cual se desbloqueó para dejarme entrar, y ahí estaba ella, con un atuendo completamente diferente a lo que solía vestir: una blusa algo escotada, una falda apretada y relativamente corta, medias negras y tacones rojos.
—Hola, Andrea, me alegra que vinieras —me dijo, para después darme un beso en la mejilla.
Yo lo acepté. En ese punto sentía que no podía dar marcha atrás.
—Buenas noches —dijo una voz masculina misteriosa que venía del asiento trasero, la cual me sobresaltó en el momento.
—Él es Rubén, mi esposo —dijo Evelyn.
—Mucho gusto —dijo Rubén, después de extender su mano hacia mí.
Yo se la estreché. Tenía un agarre firme, algo que no voy a mentir, me gustó. Entonces empezamos a hablar.
Me contaron su historia. Era una pareja que llevaba 13 años de casados, pero que llevaban haciendo esto desde hace 5. Todo idea de ella. Me contaron que era una fantasía que había tenido toda su vida, y que cuando se lo contó, a él le encantó la idea.
Me ...
... dijeron qué buscaban, cuáles eran las reglas, y sobre todo que si en cualquier momento me sentía incómoda podían parar sin problemas. Eso terminó de darme más confianza y seguridad. Fue entonces que nos dirigimos a su apartamento.
Tardamos unos 15 minutos hasta que llegamos. Subimos en el elevador hasta llegar a su apartamento, un lugar amplio y muy acogedor. Sacaron una botella de vino y tres copas, y nos sentamos en el sofá. Rubén y yo juntos en uno grande, y Evelyn en uno individual.
Hablamos unos minutos para romper el hielo, mientras el vino poco a poco empezaba a hacer efecto en nosotros. Fue entonces que las caricias empezaron, rozando mi cuello con su boca, cuyo aliento me erizaba la piel al mínimo contacto. Sus manos empezaron a recorrer mis piernas, poco a poco se abría paso, todo mientras Evelyn nos veía. Su mirada fija en nosotros era intimidante, se sentía prohibido, pero su mirada no reflejaba enojo, sino deseo.
La mano de Rubén llegó hasta mi centro, rozándolo por encima de mi pantalón, pero estaba lo suficientemente sensible para sentir sus dedos recorriéndome. Entonces el primer beso llegó, y empecé a dejarme llevar, acariciando su abdomen por encima de su camiseta, haciendo los besos más intensos poco a poco, hasta que Evelyn nos interrumpió.
—¿Les parece que vayamos a la habitación? —dijo, sentada en el sofá, con los tacones en el piso y las piernas cruzadas.
Aceptamos, y nos dirigimos a la habitación. En el camino, Rubén recorría el resto de mi ...
... cuerpo, pero sobre todo enfocado en mis pechos. Parecía que le encantaban.
—¿Qué tal, cariño? ¿Te gusta? —dijo Evelyn detrás de nosotros.
—Está preciosa —respondió, soltando pequeños besos en mi nuca.
Sentirme así de deseada me tenía empapada. El hecho de que hablaran así de mí era algo nuevo, algo prohibido. Poco a poco entendía un poco de su mundo.
Llegamos a la habitación. Evelyn tomó asiento en una silla cerca de la cama. Rubén y yo llegamos hasta esta, y empezamos a desnudarnos. Tomó mi camiseta, quitándomela poco a poco, dejando visible mi brasier, el cual quitó después de apretar mis pechos nuevamente, dejándolos al aire.
—Qué lindas —dijo Evelyn desde la silla.
La miré y no pude evitar una sonrisa. Rubén siguió con mi pantalón, quitándolo junto con mis panties. Se sentó en la cama, me puso frente suyo pero de espaldas y empezó a acariciarlo y besarlo para después soltar una nalgada, pasando su mano entre mis piernas, acariciando mi clítoris, esparciendo mi humedad en mi pelvis, lo cual me hizo soltar pequeños gemidos.
Vi cómo Evelyn subió una pierna sobre la silla, dejando expuesto su centro, el cual no estaba cubierto por ropa interior. No sé si había estado así todo el tiempo o se lo habría quitado en algún momento. Solo sabía que empezó a acariciarlo lentamente, mientras nos veía.
Eso me sorprendió, y encendió aún más. Y presa de esa calentura, incliné mi cuerpo hacia adelante, dejando que Rubén se hundiera en mis glúteos, lamiendo mi ...
... centro con hambre. Yo ya gemía con desespero, con la mirada fija en Evelyn, cuyos ojos llenos de lujuria estaban clavados en la escena.
Rubén se separó de mí y procedió a quitarse su pantalón, dejando libre su erección. Yo me di la vuelta y me arrodillé, para empezar a comerlo con hambre. Recorría todo su tronco, pasando por su saco y llegando a la punta, dejándola totalmente húmeda. Estuve así unos minutos hasta que me dijo que quería sentirme por dentro. Me paré y me senté sobre la cama.
Fue cuando vi a Evelyn prácticamente desnuda, únicamente con la falda recogida hasta su cadera y con un condón en la mano. Rubén caminó hacia ella, le dio un beso lleno de amor, para después tomar el condón de su mano y dirigirse hacia mí.
Abriéndolo cuidadosamente y poniéndoselo en su miembro, al llegar a la cama yo me incliné hacia adelante. Él pasó por el lateral hasta llegar detrás mío. Yo me puse en posición, él empezó a rozar mi entrada, haciéndome entrar en desesperación. La situación me tenía en llamas, solo quería sentir ese trozo de carne dentro mío.
—Hazlo, cariño —dijo Evelyn.
Entonces Rubén decidió entrar. Sentir cómo llenaba mi centro con su miembro hizo que arqueara mi espalda, dejándome caer sobre la cama, y dejándome en esa posición, sintiéndolo entrar y salir con un ritmo constante y fuerte. Todo mientras Evelyn nos miraba, tocándose delicadamente, como si nosotros solo estuviéramos para darle un show erótico privado, que al final, eso era.
Entonces me tocó ...
