La super mami 1
Alonso torre
Escena 1: El viaje en autobús
El autobús traquetea por la carretera costera, con el sol de la tarde tiñendo el cielo de un naranja cálido que se refleja en el mar. Las olas rompen suaves a lo lejos, y el aire huele a sal, aunque las ventanas estén cerradas. Estoy sentado en el asiento del pasillo, con mi mochila en las piernas, echando un ojo a Sofía, que está pegada a la ventanilla, con su celular en alto, capturando cada detalle del paisaje como si fuera una influencer en una misión sagrada.
—¡Mira esa gaviota! —exclama Sofía, emocionada, disparando otra ráfaga de fotos—. Esto va directo a mi Insta. “Atardecer vibes, rumbo a la fiesta del año”. ¿Qué tal el caption?
—Sof, la fiesta del año va a ser literalmente nosotros cuatro, mi mamá, Marlene y, con suerte, esa pareja de la uni, los novios esos… ¿cómo se llaman? —le digo, medio riendo, medio suspirando—. No te emociones tanto.
Sofía se gira, su coleta rebotando, y me lanza una mirada de fingida indignación.
—¡Oye, no subestimes! Seis personas es una multitud si sabes cómo documentarlo. Además, es tu cumpleaños 18, ¡es épico por definición! —Vuelve a la ventanilla, ajustando el filtro de su foto—. Ya verás, voy a hacer que esta fiesta parezca Coachella en mis stories.
En el asiento de enfrente, Dany está hundido en su Nintendo Switch, con los audífonos puestos y los pulgares moviéndose a mil por hora. Sus bíceps, que gritan “vivo en el gimnasio”, tensan la manga de su camiseta. De vez en cuando suelta un ...
... “¡toma, perdedor!” al juego, ignorando por completo el paisaje. Le doy un codazo suave en el respaldo.
—Dany, ¿vas a jugar todo el camino o qué? Mira el mar, hombre, es poético.
Levanta la vista, apenas, y gruñe.
—El mar no me da XP. Y estoy a punto de subir de nivel. Déjame en paz, cumpleañero.
Sofía suelta una risita y apunta su celular hacia Dany. —Sonríe, gamer, que esto va para el carrete de “Dany siendo Dany”.
—¡No me grabes, Sof! —protesta, cubriéndose la cara con una mano, pero se le escapa una sonrisa.
Mientras tanto, Matías, sentado a mi lado, está perdido en su mundo. Tiene un cuaderno abierto sobre las rodillas, garabateando lo que seguro es otro poema cursi para mi mamá. Su cabello desordenado le cae sobre los ojos, y suspira como si estuviera en una telenovela. En serio, este tipo es un cliché andante. Echo un vistazo a su cuaderno y veo las palabras “Sandra” y “estrella” en la misma línea. Pongo los ojos en blanco.
—Mati, ¿otro poema? —le digo, en tono de burla—. ¿Qué sigue, le vas a mandar una paloma mensajera?
Se sonroja hasta las orejas y cierra el cuaderno de golpe.
—No es para tu mamá —miente, pésimo, mientras se ajusta las gafas—. Es… arte abstracto.
—Ajá, claro. —Me río y le doy una palmada en el hombro—. Recuerda nuestro trato: nada de ser el novio de mi mamá hasta que seas químico farmacéutico millonario. ¿Cómo va ese imperio farmacéutico?
Matías suspira, dramático, y mira por la ventana.
—Estoy trabajando en ello. ...
... Pero Sandra… —baja la voz, como si confesara un secreto universal— es mi musa. No entiendes el amor, pequeño.
—¡Pequeño! —exclamo, ofendido—. ¡Soy el cumpleañero, respeto! Y, por cierto, en tu Facebook todavía dice “Sandra es mi amor”. ¿Cuándo vas a actualizar eso, poeta?
Sofía, que no pierde detalle, se gira desde su asiento.
—Espera, ¿en serio tienes eso en tu perfil, Mati? —Se ríe tan fuerte que el señor de adelante se voltea a mirarnos—. ¡Eso es icónico! Por favor, nunca lo cambies.
Dany, sin quitar los ojos de su Switch, murmura:
—Qué cringe, Mati. Consíguete una vida.
—¡Tú cállate, adicto a los pixeles! —responde Matías, pero está sonriendo.
El autobús da un brinco por un bache, y todos nos tambaleamos un poco. Sofía aprovecha para tomar una foto grupal borrosa, gritando “¡Momento auténtico!”. Yo miro por la ventana, pensando en la casa en la playa que mi mamá alquiló. No será una gran fiesta, pero con estos tres, mi mamá, Marlene y esos novios de la uni que tal vez lleguen, sé que va a ser un desastre divertido.
—Oye, Sof —digo, apoyando la barbilla en mi mochila—. ¿Cuántas fotos vas a tomar en la fiesta?
Ella sonríe, traviesa.
—Suficientes para que parezca que invitaste a medio mundo. Confía en mí, voy a hacerte famoso.
—¿Famoso con seis personas? —bromeo.
—Siete, si cuentas a la gaviota que voy a editar en las fotos —responde, guiñándome un ojo.
Y así, entre risas, poemas secretos y el “game over” de Dany, el autobús ...
... sigue su camino hacia mi cumpleaños 18. Algo me dice que esta noche va a ser tan caótica como este viaje.
Escena 2: El preparativo y la escapada al mar
La casa rentada a pie de playa huele a coco y protector solar, con un toque de sal marina que se cuela por las ventanas abiertas. El sol está a punto de meterse en el horizonte, pintando todo de tonos dorados. Mi mamá, Sandra, y su amiga Marlene terminan de colgar una guirnalda de luces de colores en la terraza. La mesa del comedor está cubierta con un mantel de papel azul, un pastel de tres pisos (exagerado para seis personas, pero típico de mi mamá), y un puñado de globos con el número 18 flotando por ahí. Todo grita “fiesta”, aunque la lista de invitados sea más corta que la playlist que preparé.
—¡Listo! —dice Marlene, dando un paso atrás para admirar su trabajo. Se limpia las manos en sus shorts y le lanza una sonrisa pícara a mi mamá—. Sandra, esta casa parece sacada de una peli de adolescentes. Tu hijo va a flipar.
Mi mamá se ríe, acomodándose un mechón de cabello rubio detrás de la oreja. A sus 39 años, sigue teniendo esa vibra de reina de la playa, con su piel blanca que parece brillar bajo el sol.
—Espero que le guste. No todos los días se cumplen 18 —dice, con un toque de nostalgia—. Aunque, la verdad, me siento como si yo tuviera 18 otra vez con todo esto.
Marlene, con su cabello castaño cayéndole en ondas sobre los hombros y su piel bronceada que parece gritar “vivo en la playa”, suelta una ...
... carcajada.
—Amiga, hablando de sentirse de 18… —Se acerca a su bolso y saca algo que hace que mi mamá levante una ceja: unos bikinis de hilo dental rojo, tan pequeños que parece más un accesorio que una prenda—. ¿Qué tal un chapuzón antes de que lleguen los chicos? No nos depilamos el área del bikini en vano, ¿o sí?
Mi mamá se tapa la boca, riendo como si fueran adolescentes planeando una travesura.
—¡Marlene, estás loca! —dice, pero sus ojos brillan con diversión—. ¿En serio vamos a ponernos eso? ¡Tenemos 39 años!
—Y estamos más buenas que nunca —responde Marlene, guiñándole un ojo mientras agita el bikini en el aire—. Vamos, Sandra, un último hurra antes de que lleguen los universitarios y tengamos que fingir que somos adultas responsables.
Mi mamá duda un segundo, pero la risa de Marlene es contagiosa.
—Está bien, está bien —cede, yendo por su propio bolso—. Pero si me veo ridícula, te culpo a ti.
Minutos después, ambas están listas. Marlene luce su bikini, que combina perfecto con su cabello castaño y su bronceado, su actitud de “la vida es una pasarela”. Mi mamá, por su parte, se ajusta la tanga del bikini para cubrir su conejito, el rojo hace que resalte su cabello rubio y que su piel parezca aún más luminosa. Se miran en el espejo de la sala, entre risas y comentarios de “¿Quién necesita filtros de Instagram teniendo este cuerpo?”.
—¡Somos unas diosas! —proclama Marlene, girando como si estuviera en un desfile de cuando eran modelos en sus ...
... veintes.
—Diosas con hipoteca y citas al dentista —bromea mi mamá, pero está sonriendo de oreja a oreja.
Se toman de la mano, todavía riendo, y salen por la puerta trasera de la casa, descalzas, con la arena tibia bajo sus pies. La playa está casi desierta, salvo por un par de gaviotas y el sonido del mar rompiendo suave. El cielo se tiñe de rosa y naranja, y el agua parece un espejo reflejando los últimos rayos del sol.
— ¡Al agua, amiga! —grita Marlene, tirando de mi mamá hacia las olas. Ambas corren, los hilo dentales se ocultan entres sus nalgas, mientras el mar las recibe con una caricia fresca. Nadan un poco, flotan, ríen a carcajadas y se lanzan agua. Se acomodan los bikinis que apenas cubren lo necesario.
Escena 3: La llegada y el espectáculo en la playa
El autobús nos deja a unos metros de la casa en la playa, y el aire salado nos golpea de inmediato, mezclado con el calor pegajoso de la tarde. Bajamos con nuestras mochilas colgando, riendo y empujándonos como si tuviéramos 15 años otra vez. La casa luce increíble desde afuera, con las luces de colores titilando en la terraza y un letrero improvisado que dice “¡Feliz 18!” en letras brillantes. Dejo mi mochila en un rincón de la sala, junto a las de Matías, Dany y Sofía, que ya está hurgando en su bolso con una misión clara.
—Olvídense del celular —dice Sofía, sacando su cámara semi-profesional con una sonrisa de cazadora—. La luz de la tarde está perfecta, y esa playa me está llamando. ¡Vamos, chicos, a ...
... capturar la vibra!
No hay quien la detenga cuando se pone en modo fotógrafa, así que la seguimos hacia la puerta trasera, que da directo a la arena. El sol está bajo, tiñendo el cielo de un rosa intenso con vetas doradas, y el mar brilla como si alguien hubiera derramado purpurina sobre él. Sofía se adelanta, ajustando su cámara, y pronto está agachada, enfocando a una gaviota que planea sobre las olas. Matías y yo nos quedamos atrás, viéndola trabajar con esa concentración que la hace parecer una artista en trance.
—Esa gaviota no sabe que está a punto de ser famosa en el Instagram de Sof —bromeo, dándole un codazo a Matías.
Él se ríe, pero antes de que pueda responder, Dany, que está a unos pasos, suelta un “¡Santa madre de Dios!” que nos hace girar la cabeza tan rápido que casi nos dislocamos el cuello.
—¿Qué demonios, Dany? —pregunto, siguiendo su mirada hacia la playa.
Y entonces lo veo. No, lo vemos. Todos. Es Marlene, emergiendo del mar como si fuera una maldita diosa griega en cámara lenta. El bikini de hilo dental rojo se aferra a su piel bronceada, el agua resbala por su cuerpo en riachuelos que capturan la luz del atardecer, y cada paso que da sobre la arena parece coreografiado. Pero eso no es todo. Detrás de ella, como si el universo quisiera ponernos a prueba, aparece mi mamá, Sandra. Su cabello rubio, empapado, brilla bajo el sol, y su piel blanca parece casi traslúcida, como si el mar la hubiera pulido. Las dos caminan con una sensualidad tan ...
... natural que parece que el tiempo no ha pasado desde sus días de modelos.
No dicen nada, no nos ven. Están en su mundo, riendo entre ellas, mientras el agua gotea de sus cuerpos. En un movimiento que parece sacado de una película, ambas llevan las manos a sus cabellos, echándolos hacia atrás para quitar el exceso de agua, dejando que las gotas caigan como diamantes, mientras sus tetas saltan hacia el frente desafiando la elasticidad del bikini. Luego, con una precisión que solo alguien con experiencia de pasarela tendría, ajustan los pequeños nudos de sus bikinis, asegurándose de que todo esté en su lugar. Es hipnótico, como si el mundo entero se hubiera detenido para mirarlas.
Sofía, con ese instinto de fotógrafa que nunca duerme, reacciono al instante. Levanto su cámara y empezo a disparar, capturando cada movimiento, cada destello de agua, cada curva que el sol acaricia de esos monumentales cuerpos. El sonido del obturador es como un latido rápido, y ella murmura para sí misma:
—Esto es oro puro… ¡Oro puro!
Marlene y mi mamá, al fin, notan nuestra presencia. Sus ojos se encuentran con la cámara de Sofía, y en lugar de detenerse, algo cambia. Es como si alguien hubiera encendido un interruptor. Sus risas se transforman en sonrisas pícaras, y empiezan a jugar con la cámara como si estuvieran de vuelta en un set de los noventa. Marlene ladea la cadera, apoya una mano en ella y lanza una mirada que podría derretir la arena. Mi mamá, no tan descarada pero igual de ...
... altavoz que Dany conectó, aprovecha para hacer un baile ridículo que hace reír a todos. Matías, todavía con su aura de poeta enamorado, le ofrece a mi mamá más limonada, y ella le sonríe y acomoda su bikini con esa calidez que hace que él se derrita. Marlene, por su parte, empieza a contar una anécdota de sus días de modelo, mientras Sofía, sin perder el ritmo, sigue editando, capturando la noche no solo con su cámara, sino con cada ajuste, cada filtro, cada detalle que convierte esta pequeña fiesta en algo épico.
Continuara.....
